Instinto de barricada

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Autor: Eduardo René Casanova. (CEO Primigenios)

Hay libros que se escriben para acompañar el sueño de una época, y hay otros —mucho más raros, mucho más necesarios— que se escriben para interrumpirlo. Instinto de barricada, de Ernesto Fundora Hernández, pertenece sin duda a esta segunda estirpe: la de los libros que no piden permiso, la de los libros que no llegan para decorar una biblioteca ni para engrosar el triste inventario de lo correcto, sino para tensar la inteligencia, incomodar las certezas, perturbar los hábitos mentales, abrir una grieta donde antes solo había obediencia, repetición, anestesia.

No estamos ante un ensayo dócil. No estamos ante uno de esos textos domesticados que se limitan a administrar ideas ya aprobadas por el rebaño cultural, ni ante una mercancía intelectual fabricada para halagar la sensibilidad del presente. Estamos ante una escritura de riesgo, una escritura que se aventura allí donde muchos prefieren callar, simplificar o fingir que no ven. Ernesto Fundora entra en la historia, en la política, en la mitología de las revoluciones, en la trama visible e invisible del poder, con una voluntad de interrogación que no busca agradar, sino comprender; y comprender, cuando se hace de verdad, suele ser un acto peligroso.

Instinto de barricada es un libro que discute con los relatos consagrados, con las liturgias ideológicas, con los automatismos del pensamiento moderno. Y justamente por eso tiene algo de herejía, algo de intempestivo, algo de artefacto crítico lanzado contra la modorra de nuestro tiempo. No se conforma con repetir la épica revolucionaria ni con negarla de forma banal: la examina, la interroga, la desmonta, la persigue a través de sus máscaras, de sus símbolos, de sus promesas incumplidas, de sus zonas de manipulación, de su tragedia, de su resplandor y de su ruina.

Lo que hay aquí no es solo erudición, aunque la hay; no es solo pensamiento, aunque lo hay; no es solo intensidad verbal, aunque también la hay. Lo que hay es una conciencia en combate. Una inteligencia que se niega a aceptar como definitivos los marcos heredados. Una voz que sospecha, que conecta, que arriesga, que se interna en territorios donde la academia burocrática suele levantar sus alambradas para proteger el prestigio de sus consensos. Y por eso este libro puede resultar incómodo para algunos. Mejor dicho: debe resultar incómodo. Los libros que no incomodan a nadie, que no tensan ninguna cuerda profunda, que no alteran el pulso de nada, suelen morir apenas nacen.

Ernesto Fundora ha escrito un libro de gran aliento, de vastedad polémica, de respiración filosófica, histórica y civilizatoria. Un libro que no se deja leer desde la pereza. Un libro que exige. Un libro que reta al lector a salir de las fórmulas fáciles, del pensamiento prefabricado, de la obediencia cultural que tantas veces se disfraza de lucidez. Aquí hay una apuesta por pensar en grande, por pensar peligrosamente, por pensar incluso allí donde el pensamiento se vuelve un territorio vigilado.

Y eso, por supuesto, molestará a más de uno. Molestará a los guardianes de los dogmas, a los administradores del miedo, a los comisarios de lo decible, a los custodios de la interpretación única, a los que han hecho carrera dentro de la comodidad ideológica y no soportan que alguien les altere el mapa. Molestará también a esos enemigos de la intensidad que preferirían una literatura muda, disciplinada, inofensiva, resignada a no tocar las estructuras profundas del desastre contemporáneo. Que sufran, entonces. Que sufran un poco. También para eso existen los libros verdaderos: para devolverle dolor al conformismo, para provocarle fiebre al pensamiento adormecido, para recordarle a cierta mediocridad satisfecha que todavía hay escritura capaz de romper el decorado.

Pero Instinto de barricada no es solo un libro contra algo. Es también un libro a favor de una búsqueda. A favor de una conciencia más despierta. A favor de una lectura no domesticada de la historia.

A favor de una inteligencia que no renuncie a su derecho de sospechar, de unir piezas, de mirar debajo de la superficie, de interrogar incluso aquello que parecía sagrado o intocable. En ese sentido, este libro no se limita a criticar: convoca. No solo desmonta: empuja. No solo denuncia: obliga a pensar qué clase de mundo hemos heredado y qué clase de servidumbres siguen operando, incluso allí donde se nos ha vendido la ilusión de la libertad.

Editorial Primigenios publica este libro no para sumarse al ruido, sino para defender el lugar de los libros que todavía importan. De los libros que no nacen para adormecer al lector, sino para atravesarlo. De los libros que no se agotan en la superficie del presente, sino que entran en sus fisuras, en sus abismos, en sus simulacros, en sus trampas. Publicar Instinto de barricada es, también, un gesto editorial: una toma de posición a favor del pensamiento que arriesga, de la palabra que no retrocede, del ensayo que todavía cree que la inteligencia debe perturbar, encender y abrir.

Porque hay libros que se leen. Y hay libros que, después de abrirse, ya no nos dejan en paz.

Instinto de barricada es uno de ellos.