NOTA DEL AUTOR A LA SEGUNDA EDICIÓN DE EL PERPETUO ENVÉS.
Ernesto Fundora Hernández.
Cuando escribí estos 9 cuentos, entre los años 1987 y 1994, yo era un joven cubano en la flor de mis 20 años procurando entender la complejidad de muchos desencantos. Mi país se caía a pedazos, y mi ideología – por la cual había mostrado una devoción casi religiosa– colapsaba dejándome a merced del peor desamparo que puede encarar un hombre: la desesperanza y la profanación de sus sueños. Entonces, la sociedad cubana vivía la peor de sus crisis, pero el gobierno, siempre eufemístico del gran líder Fidel Castro, diestro en rebautizar los hechos a contrapelo de la historia, declaraba que vivíamos un Periodo especial, el cual pronto derivó en una antinomia digna de analizarse desde las matemáticas y la autopoesis : La opción cero.
Demolido el Muro de Berlín, se abrió una caja de Pandora y Cuba fue, apenas, un capítulo de las tantas revelaciones . Quedamos huérfanos de aquel padre putativo y generoso: la Unión soviética. De la noche a la mañana , USA, el enemigo histórico durante la guerra fría se convirtió en la utopía, el asidero o la válvula de escape de varias generaciones de compatriotas. Se nos trabó la brújula obsesionada para siempre con el norte. Cada quien buscó su puerta de emergencia. Unos se echaron a morir; otros, convirtieron el revés en victoria; unos, surcaron los mares en balsas desafiantes; otros, galoparon el sinsentido rozando la locura. El hambre tocó a la puerta como un mendigo más; la gente perdió el pudor y tuvo que comerse hasta sus mascotas, los gatos callejeros, las palomas de los parques, ayunar la risa… La vida consistía en rifarse el pesimismo.
Agobiado por tanta catástrofe y cinismo decidí encerrarme a escribir. Escogí el departamento de mis padres ubicado en la barriada socialista de Alamar, al seno de una habitación de 4 X 4 metros atestada de libros. Mi entonces novia, Melvis Losada, salía cada mañana a luchar el alimento a la usanza de las antiguas mambisas cubanas, con tal de que yo no me extenuara de aletear en el barranco. Nunca mejor conocí el amor a cambio de nada, o a expensas de salvarse el uno a través del cariño del otro. Afortunado fui por el lado de los amigos y los maestros que me indicaron caminos promisorios, por ejemplo, socorrerme con un libro de Krishnamurti, Borges, Gurdjieff, Beckett o Lezama Lima. Fue sin dudas una época vigorosa, reformadora del carácter, una escuela del vivir sobre las arenas movedizas. La realidad discursando por un lado y la ideología tejiendo musarañas por el otro. La noche fue llamada día; el sueño, pesadilla. Los ingenieros y los cirujano desempleados se dedicaron a reparar mentiras; por la avenida más importante de la ciudad no circulaba un auto, mientras un hombre que se hacía pasar por un caballo, aprovechaba la desolación y la escasez de combustible dejándose cabalgar por los niños a cambio de unas monedas; una amiga y bella poeta, Maria Elena Cruz Varela, fue llevada a los tribunales y a la cárcel por rescabuchar la verdad y de paso, descubrir un agujero negro. En mi edificio, una niña de 8 años dormía acurrucada al puerquito que se comería el fin de año. El miedo, como un moho, lo había minado todo desde que un general de probado heroísmo en la guerra de Angola fue fusilado deshonrosamente y terminó dirigiendo su propio paredón: tragicomedia y diablura: en fin, el bar. Entre las bicicletas chinas y el sexo desenfrenado nos fuimos volviendo casi invisibles, mutantes histriónicos; la isla entera practicaba el barbiano juego de las oposiciones; se desmoronaban los castillos de naipes en perpetuo envés. Vivíamos en el oxímoron, danzando arrodillados al vórtice de la paradoja. Yo estaba tan flaco y huesudo que escribí un verso hasta hoy inédito del cual siento mucha vergüenza: “me estoy dejando crecer los huecos de la cara para que mis hijos no tengan que dormir a la intemperie.” Lo peor de todo fue que hubo tiempo para gozar y socorrernos en la estampida. Nadie salió ileso del marabuzal.
Días antes de la crisis de los balseros en 1994, una cineasta mexicana , Rocio Canales, conmocionada con mi situación, me ayudó a salir hacia Mexico. Empezaba para mí una nueva vida, la del exilio, que a la larga significó una permuta de infiernos: porque la humanidad no vive sino que deambula; no escapa sino que hurga en el laberinto y, como decía Jiddu, “hogueras hay en todas partes”. Otra vez Lezama ayudó a reorientarme: “ un hombre no solo se define por sus origenes, sino tambien por sus destinos”. México sin darme cuenta se convertía en mi otra casa. Ahora que regreso a aquellos cuentos de juventud, parezco un loco que revisita su manicomio y procura bailar sereno en la fiesta de sus primeras heridas. Una moraleja me queda en beneficio: la imaginación también es una medicina. Contrario a lo que indican los médicos, recomiendo abrir libros cuando nos duele la cabeza, incluso cuando nos hacen del corazón pedacerías.
La literatura, como bien advierten escritores y teóricos, no habla solo de cómo son los hombres, sino de cómo debieran ser y hasta dónde pudieron haber sido. He aquí, en El perpetuo envés, el testimonio de mi redención a través de la palabra, de mi travesía por el espejo de Alicia, de mis silenciosas oraciones asediado por el misterio mientras resolvía las típicas dudas de los 20 años. Son cuentos imperfectos, esquizoides, histéricos, hijos de una neurosis nacional, pero de una angustia universal. Terapia y catarsis; ingenuidad y delirio. Para mi fueron la tabla de salvación al centro del naufragio, razón que justifica mi simpatía por ellos y la obscenidad por reeditarlos, respetando las imperfecciones de la primera edición. Las cosas nunca son lo que parecen aunque porfiemos definirlas. Bienaventurados los que desoímos sentencias y reconocemos que la dialéctica no es un eslogan publicitario en pro del limbo. El envés vive a perpetuidad y malogra lo que entendemos como existencia. La realidad huye de nosotros, espantada.
Cada época tiene su propia lógica, un estilo o palpitar que la distingue. Y vuelvo a Lezama porque me iluminó en aquellos años: “Dichosos los efímeros que podemos contemplar el movimiento como imagen de la eternidad”. Soy incrédulo frente a las piedras, un bañista que regresa al rio pretendiendo dejarse arrastrar por la corriente antes que atrapar peces. Sin embargo, cuando miro el presente de mi nación, resulta que desmiente los relojes. La peor maldad que puede acometer una revolución es hacer parecer que el tiempo no transcurre.
No me cabe dudas de que, después de lactar de los padres, somos los hijos de nosotros mismos y de que seremos los hijos de nuestros hijos. Al margen de la terquedad de los ríos de leche, hay piedras con las que tropezamos y cambian para siempre nuestra ruta. Nada más dogmático que la rectitud humana a favor de la conciencia de un destino inamovible. El instinto natural de cualquier meta es trastrocarse en espejismo. Se corre – corremos – siempre a ciegas. Imperdonable es quedar varados. Andar requiere de un pie que afinca y del otro que se impulsa en levítica suerte. Entre el fue y el será acontece lo posible, a imagen y semejanza de sospechar demasiado. ¿Acaso alcanza la vida para reponernos a esa derrota? Coincido con Fadiman: “Los dramas personales son un lujo innecesario”. Bendita y perversa, la literatura.