Esto casi no es un libro de cuentos, sino más bien un mapa con el meticuloso y parcializado trazo de algunas obsesiones nacionales. Quien se atreva a (re) conocer las vibraciones que movilizan a los cubanos de ahora mismo, que se lea esto. Y que tenga también esa sensación de orfandad que parecen provocar ciertos pasajes. “Ser cubano resulta a menudo una emoción perturbadora, en otras ocasiones, una de esas vergüenzas honorables que estamos dispuestos a soportar”. Sensación de orfandad, pero también de propósito irreductible, incurable. “Ah, que nos quisieron entrampar y hubo un vigilante soñoliento para cada reliquia…, “Y si puede, pues que perciba también más allá de lo epidémico esa urgencia del autor por poner cada cosa en su sitio. Como Dios, pero con 27 años: irreverente, atosigante, jodedor, ingenuo y franco. Sobre todo eso, porque a fin de cuentas el lector seguramente concuerde con él (digo que con el autor) en eso de que “algunos llevan el país como un oficio”.
Estos son nueve cuentos cubanísimos, aunque a veces no le parezcan tales. No importa que el lector recuerde por momentos Cortázar, también se va a acordar de Piñera, Y, llegado el caso, hasta de la hora en que nació. Para agradecerlo, claro. Porque no nos engañemos: aún cuando el autor recorra como un pertinaz corredor de fondo todo el patio trasero de la condición humana (o cubana), este es un libro vitalista y simpático, casi cálido, que no orilla los claroscuros de la existencia cotidiana en la isla, pero tampoco omite las ganas de vivir de los isleños. Un libro que no hace de la revancha, la contestación o la aquiescencia despreciable, sus estandartes.
Es si, me lo permite, un buen libro. Ernesto Fundora (La Habana, 1967) ha conectado un buen hit. Pero no me ha sorprendido porque con sus trabajos en video, cine y sus colaboraciones en prensa escrita, ha demostrado tener una inteligencia muy bien amueblada. Y lo hace sin pedantería.
En estos nueve cuentos muestra, a través de sus incertidumbres, la seguridad de sus convicciones. Es un buldózer verbal.
Me atrevo a afirmar, y con suficiente conocimiento de causa, que Ernesto Fundora va camino a convertirse en uno de los mascarones de proa de la nueva intelligentsia joven cubana o como quieran llamarle a ese grupo de escritores, artistas, comunicadores…que han entendido con Brecha lo cansón que resulta “el esfuerzo de ser malo”. Y han decidido ser buenos. De los buenos, quiero decir. Y con toda la lucidez y la alegría hormonal de sus pocos años, han apostado por la defensa de un país que, lástima de él, tan hermoso y pequeñito, tan cumbanchero y movedizo, anda hoy demasiado cerca del Diablo y muy lejos de Dios.
Lo que me gusta más de El Perpetuo Envés es lo mucho que podría disgustar a algunos en la isla que andan travestidos en la duplicidad ética y la santurronería política, más atentos a los ecos que a las voces. Y digo esto porque si así sucediere, eso lo significaría una vez más, los distanciaría, los denunciaría como lo que apenas son: yuppis revolucionaristas que acaso desde siempre, o desde la caída del Muro para acá, entienden que sólo se puede defender a la Revolución con la altivez priápica. Como si la Revolución necesitara de tamaña grosería.
Podría extenderme una cuartilla más y hablar de las excelencias psicosemánticas, los guiños intertextuales, la imaginación desbordante que acusan estos textos, pero sería lo de siempre. Miel para ególatras.
Prefiero sugerirle que no lo piense dos veces, que se acomode en una nube y empiece por “Sinestesia de Lebif”, que es el tercero, porque el primer cuento duele mucho de inicio.