La misma existencia de Ernesto Fundora supone un reto ontológico: ¿qué es? ¿poeta? ¿ensayista? ¿narrador? videoasta? ¿cineasta? … Y supongamos, concediendo sin aceptar, que lo resumamos todo en ese concepto que arranca desde el Renacimiento: un artista. Pero, inmediatamente surjen otras interrogantes: ¿es antiguo o moderno, atemporal o eterno? ¿clásico o barroco? Y a falta de una mejor aproximación, me atrevería a considerarlo aún más que barroco, y rebasando lo churrigueresco, pero contextualizado: el estilo que expresa (es decir, la manifestación de su personalidad mediante la escritura y la imagen) podría crear una clasificación especial para él, aunque él las desborda todas: es un artista rococó postmodernista.
La frondosa diversidad de los relatos que agrupa en este volumen, dan sólo una muestra aproximada de sus temas y motivos, pero no alcanzan todavía a compendiar su universo creativo, y aunque no podría decir que es un escritor “fácil”, me atrevo a prometer que aquel lector, más osado que curioso, que se sumerja en sus páginas, irá de sorpresa en asombro, y de pasmo en estupor.
Raro, en el tenor de la genética de sus personajes, Fundora sirve esta mesa con mucha audacia estética, aderezada por la impureza de sus vastas lealtades.