Amago 2da Edición

PRÓLOGO AL POEMARIO AMAGO.


ERNESTO FUNDORA: LA  PARÁBOLA Y LA RESISTENCIA.

Por Eliseo Alberto Diego ( Lichi )

"¿Para qué sirve un libro de poemas?, preguntarían ahora, obedientes, mis hijos”, escribe mi padre en el prólogo de su poemario Por los extraños pueblos, y a renglón seguido nos da una respuesta que, confieso, ha sido una brújula perfecta para no perderme en los laberintos de la buena y la mala literatura: “Servirá para atender, les respondería. Maestros mayores les dirán, en palabras más nobles o más bellas, qué es la poesía. Básteles entretanto si les enseño que para mí es el acto de atender en toda su pureza. Sirvan entonces los poemas para ayudamos a atender como nos ayudan el silencio o el cariño. No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio”. Atender no entender. Para entender, el hombre apela a otros recursos, tan necesarios como la poesía misma, y tan hondos incluso, pero mucho menos solitarios. La soledad es nuestro único, irrenunciable, patrimonio.

 

La historia, las ciencias, también Dios o los dioses nos explican casi todo en este mundo, desde cómo cabe vida en la cabecita de alfiler de una bibijagua, esa bibijagua enloquecida que muerde una hoja de limón en el garfio de su boca, hasta la inmensidad de nuestro paraguas cósmico, donde, por cierto, los astrónomos aseguran de buena fuente que ruedan (como pelotas de billar) más astros, más cometas, más meteoritos, que hormigas corretean en la Tierra, incluida en la cuenta, por supuesto, la laboriosa bibijagua del limonero. Sin embargo, allá arriba, las osas menores y mayores, los centauros, los unicornios errantes siguen buscando acá abajo a sus antiguos domadores, a esos labriegos tatarabuelos de los tatarabuelos de nuestros tatarabuelos que en noches de vigilia, tumbados sobre el lomo de una roca cualquiera, “atendieron” las jaulas de estrellas y vieron osas donde otros sólo vislumbraban luces y les dio pena aquel centauro, tan aburrido en su galáctico abandono.

 

La respuesta de mi padre, su invitación a atender, coloca el tema de la utilidad o no de la poesía en una dimensión tan cercana, tan privada y tan riesgosa que produce de pronto vértigo. No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, y tampoco es casualidad que habitemos este tiempo y no uno diferente. Debemos dar testimonio. Debemos dejar huellas, aun al precio de gastar en el camino cien pares de zapatos.

 

Eso hizo, eso hace y les aseguro que seguirá haciendo Ernesto Fundora Hernández: vivir hacia delante, apenas con sus miedos necesarios. La prudencia también es una forma de cariño y el cariño, una señal de respeto -y el respeto, pura cortesía: la cortesía penetra en la prudencia, como dedo en el anillo. “Suelo olvidar ciertas cosas: / los cumpleaños, la familia, los muertos. / Pensar en lo risible / irme de baile con un encapuchado / que resulta ser mi diablo elocuente / llenarme de repugnancia por quienes / no aprecien la terapia de un abrazo”. Los que lo conocemos, y es fácil conocerlo porque su ser resulta idéntico a su imagen, sabemos bien que no se rinde fácil, que por una ilusión puede ser capaz de todo o casi todo, como ya advertí líneas arriba: Fundora suele detenerse si intuye que su audacia puede dañar a un semejante. “Un hombre / pone flores sobre la tumba de su enemigo / mas no alcanza a llorar. / Ese mismo hombre / el vástago animal sincero / termina siendo un castillo de arena / pisado por un adulto / en una playa vacía”.

Caballero andante, Fundara nunca evita el peligro, más bien lo busca pues le encanta el riesgo, el desafío, ¿por qué no decido?, la insolencia. Sólo un caballeroso insolente puede disfrutar por igual las mieles de la tradición y los alcoholes de la modernidad: acudir a las convocatorias mágicas y sensuales de un tambor batá, y sacudirse de pies a cabeza con una descarga de bruto jazz. Nada asusta, porque todo asombra, al testigo que es el poeta Ernesto Fundora, entre otros muchos Ernestos Fundoras posibles (el cineasta, el cuentista, el músico, el filósofo, el conquistador, el enamorado, el enamorable, el cocinero, el amigo, el bailador, el curioso, el atento, el actor, el actuante, el actuado, el activo, el actual, un centinela en una terraza a la orilla del metro Chapultepec): desde ese entendimiento, más que contemplación, de la existencia misma de los hombres y las cosas, el poeta explora en la profundidad de los acontecimientos que nos apocan; a él le interesa más lo hondo que lo alto, prefiere lo secreto a la evidencia, disfruta el silencio en medio de un discurso y se regala, nos regala, una pausa en la loca carrera que nos arrastra. Eso se llama vivir, sencillamente vivir. “Siempre hay días de sospechas / siempre un sí tratando de ser no / porque la bestia se obstina y persigue la sangre / porque la herida intuye el cuchillo que la engendra”.

 

Lo digo de una vez: Fundora es uno de los mejores representantes de esa generación de cubanos que tuvo que aprender a hablar a través de un tapabocas, a gritar sus verdades en el centro huracanado de un coro de cobardes mudos y ciervos afónicos, ante un teatro repleto de contemporáneos sordos, ante la mirada atónita de un batallón de policías ciegos. Ellos, los jóvenes de los ochenta, se cansaron de nosotros y se abochornaron de los anteriores a nosotros: ni la República ni el Faro de América ni la cacareada promesa de un mundo mejor les decían nada porque nadie los había tenido realmente en cuenta y ninguno de los auto titulados «constructores de la historia» les preguntó si deseaban o no ser hombres y mujeres nuevos entre comillas, ejemplos de una también entrecomillada juventud, hacedores privilegiados de un futuro demasiado arcaico o decrépito para que resultase, aun en su diseño, tentador. Y tanto fue el coraje que les dio sentirse congelados por la historia que se quitaron las ropas a dentelladas, se desnudaron en plena calle, sacudieron las pulgas del terror y se pusieron a pensar qué coño hacer, cómo diablos equivocarse, sentados (con las piernas cruzadas) sobre el tapete de una bandera huraña, tricolor. Los pintores dibujaron sobre el asfalto, los teatreros rompieron la cuarta pared del escenario, los ensayistas nos mostraron sus tripas en las manos, los bailarines volaron en el arco iris de un grand jeté sobre los basureros y los escombros, los poetas dejaron de hablar del porvenir y se tatuaron las metáforas a flor de piel, entintadas en sangre y semen. Si era preciso llorar, llorarían, sí, pero por los lagrimales de los colerizados sexos. Llorar, para ellos, era una forma de sudar. Cierto que otros muchos, demasiados, se rindieron o se cansaron o se ablandaron o se derrotaron. La frente en alto siempre es mejor blanco que un rostro cabizbajo. “Estos no serán los días aparentes. / Amago, amago y no disparo. / Entre la silueta y el transfondo / un espejismo me ciega / la oscilación del grito. / El susto es un venado / que huye de mis ojos”.

 

Si acepté presentarlo no es sólo porque pienso que es magnífico, auténtico, irrepetible, y puedo apreciar (porque mi padre me enseñó a atender) su amor por la palabra, su oficio de relojero, su cuidadosa jardinería; tampoco porque Fundora y yo seamos buenos amigos. Si acepté venir aquí, y estar aquí, es para aquí reconocer los cojones y los ovarios de esa generación de cubanos insolentes, irreverentes, sorprendentes, una generación hoy rota en mil fragmentos como un espejo pisoteado por la estera de un buldózer, y homenajear a esos muchachos de entonces que ayer hicieron, de mis miedos al miedo, un papalote gigante. Y me robo sus versos, los recompongo, para terminar en grande y, como siempre, triste: “Isla trampa, perdón, música, verso. / Hay días en que soy pétalo temblando / y días en que amaso el fuego y no me quema. / En mi vida no tuve mejor desayuno / que las piernas de una mujer / untadas por el sol bizarro de mi Habana. / Alguien gritó su brevedad / y no hubo tiempo de salvarlo. / Que nadie atrape al bisonte/ cuando embiste y desfallece. / Hoy me hizo falta una mujer / hoy me hizo falta hasta mi madre. / Isla por qué te vas / en el naufragio perfecto. / Hay puertas para todos / lo que nos falta es valor para empujarlas”. Vengo, vamos a ver, lo que tenía que vengar. Vengo; vamos a ver, Fundora, a suplicarte por Dios que no te canses, a pedirte que me sigas empujando cuando la vaca que llevo en mis pies se asuste al tener que saltar por un barranco.

 

México DF.2005.