El entusiasmo de Ernesto Fundora. La poesía desde la poesía.
Por Elena Tamargo.
Moral y antropología están estrecha e inevitablemente vinculadas. Es preciso saber cómo son los hombres para poder decidir cómo quisiéramos que fueran. Lo mismo podríamos decir de la poesía y del poeta; hay que saber cómo es la poesía para notar cómo queremos que sea, en la hora, que a todo poeta le llega, de dibujar esa otra poesía que es su poética, su impulso, ese entusiasmo que fue para los románticos alemanes el centro de la misión heroica de la escritura. "Oh entusiasmo. En ti encontramos una afortunada tumba, nos sumergimos con silenciosa alegría en tu oleaje, hasta que oímos la llamada del tiempo; y entonces, despertamos para volver orgullosamente, lo mismo que las estrellas, a la breve noche de la vida", diría Hölderlin.
Ernesto Fundora trabaja con la mezcla del sueño absoluto y la sal y el pan, con lo transparente e ingrávido de todo colorido que los años logran teñir de una sombra mística, y darle un misterioso soplo de presentimiento a su lenguaje, pero también su poesía es jugo vital, campo fértil trabajado por ojo fuerte, que es también de cineasta. Su genio es el entusiasmo, el impulso invisible. "Traté siempre de inventar un mundo tras las cosas", dice Ernesto, para quien no hay un asunto especial que le inspire (entusiasme) particularmente, pues ve con ojos poéticos todo el Universo y no vive su vida más que poéticamente, pues también para él "es poéticamente que el hombre habita esta tierra". El mundo se le aparece como una inmensa poesía épica y gigantesca. El Éter es para él su padre; y río, hombre, luna o peligro y la germinación del sueño, en él son unos labios que exhalan la melodía cautiva por la fuerza de un lenguaje que no tiene nada en común con el corriente si no es la forma de los vocablos.
Por eso en su poesía aparecen todos los seres como vistos a través de un sueño, misteriosamente libres de la fuerza de la gravedad, como si fueran almas, mundo cantado. El entusiasmo aparece entonces algo vacío de sustancia, está lleno sólo de entusiasmo, de impulso, y por eso el poeta no se entusiasma sino cuando canta al entusiasmo que es para él objeto y sujeto, impulso y poesía, puro lenguaje, que si no tiene forma propia, aparente, es porque es plenitud, no tiene límites porque viene del Todo y vuelve al Todo. "Dichoso he sido al saber que todas las cosas son otras", dice en Amago.
Pero el entusiasmo de Ernesto sube como si fuera humo, no descansa más que en sí mismo para ser una divina felicidad imprescindible; quien no es feliz, está equivocado, casi asegura el artista. El placer y la descripción vienen a ser una misma cosa en él; para describirlo hay que gozarlo y el goce está en la descripción, y está claro, pues volviendo con palabras de Hölderlin "los dioses mueren cuando muere el entusiasmo". La poesía en él va unida al entusiasmo, así como éste no puede resolverse más que en canto, en poesía, por eso Ernesto sólo puede describir su impulso, es decir, hablar de poesía desde la poesía, porque la poesía (en el sentido del poeta de la necesidad universal) es la liberación del individuo y de la humanidad entera.
Walter Benjamin ha dejado dicho en Poesía y capitalismo que "el duelo en que está cogido todo artista y en el cual, antes de ser vencido, grita de terror, se concibe en el marco de un idilio; sus violencias quedan al fondo y son sus gracias las que se perciben". Dar su derecho en la prosa a esta experiencia prosódica fue una de las intenciones que Baudelaire perseguía en Spleen de París, sus poemas en prosa. Yo me atrevo a decir que Ernesto, generosamente, pide esa justicia en sus amagos, esa ambición tan noble, herencia de la vanguardia, que sueña el milagro de una prosa poética, musical y polirítmica, "suficientemente ágil y lo bastante bronca para adaptarse a los movimientos líricos del alma", diría Baudelaire. Este ideal obsesivo dice Benjamin que nace sobre todo de haber habitado ciudades enormes y del cruce de sus innumerables relaciones, tal vez en Ernesto no sea sólo el haber cruzado ciudades, que las ha cruzado, también enormes, y están en él, porque a él tampoco lo abandona el mar. El placer de mirar, que la obra de Ernesto derrocha, celebra en el flaneur, como en Baudelaire, su triunfo.
El impulso, ese entusiasmo para los románticos, aquel por el que viven los dioses, aquel que "se desarrolla por sí mismo, aumentando así la felicidad, hasta que en la noche oscura del éxtasis fecundo surge de pronto, como vívida chispa, el milagro del pensamiento", como dice el poeta alemán a quien vengo refiriendo, pues desde mi perspectiva hay que recurrir a él y sólo a él cuando de esencias poéticas se quiere comentar, es y no dejará de ser un duelo, pues el poeta ha conformado su imagen del artista según una imagen del héroe y desde el comienzo están uno a favor del otro.
Ese impulso no deja de ser un enfrentamiento, aun cuando para muchos poesía y pensamiento hayan podido darse al mismo tiempo y aun más, que poesía y pensamiento hayan podido trabarse en una sola forma expresiva, porque cada uno de ellos quiere para sí eternamente el alma donde anida. En la poesía encontramos directamente al hombre, individual, en el pensamiento a ese mismo hombre en su historia, en su fe, entre sus dioses, sus lecturas, sus maestros, sus itinerarios. La poesía encuentra cuando el pensamiento busca. Pero lo cierto es que ambos vienen a dar satisfacción a ese amor menesteroso, y los dos son necesidades profundas del poeta . Los dos imprescindibles, los dos nacidos de la admiración y la pregunta, los dos depositados en lenguaje.
En Ernesto ese pasmo primero está convertido en interrogación, en impulso, en entusiasmo, persistentes, y el otro, ese poseer dulce e inquieto que calma y no basta, ese otro camino del poeta, en perseguidor, agonizante, balbuceante y enmudecedor, por hablar en el lenguaje de Gadamer, de quien busca la palabra, como el niño; para él un grado cero de la razón se impone ante tanta elocuencia revestida de interrogación y que, sin embargo, cierra el camino de toda justificación, de todo intento de respuesta. Toca el nudo del asunto el golpe del niño para encontrar la palabra. Esa palabra cuando se encuentra, casi siempre calcinada, es pues la limitación que trata de explicarse el otro. Eso a lo que Gadamer le llama la "sabiduría del balbucir y el enmudecer" es lo que sustenta la actualidad del poeta, una suerte de sorpresa que lo protege en esa ocupación de escribir versos.
Ernesto, como todos los poetas de lenguaje, de artificios de designación, por una parte, y por otra, de una especie de verdad propia de la historia salvífica, ofrece una legitimación desde la anunciación misma que es prenda de lo anunciado. Ernesto, en su poética, como en su poesía no refiere sino profiere, pues su poesía se dice a sí misma y su poética se responde en sus poemas y a veces en un gozoso enmudecimiento, devuelto en un efecto cultural.
El profundo temblor que atraviesa Amago no se limita a los otros temores que están frente a la alteridad del poeta que hace cine. Es la afinidad interior que constituye la posición del artista en todo tiempo y espacio lo que los une a los dos, y me parece noble que su propia voz poética suene, diferente y propia, en un único discurso, pues al decir de Stefan George, en su extraordinario libro El año del alma, "Yo y tú la misma alma".
Conozco toda la obra de Ernesto Fundora, la conozco muy bien, tal vez siempre tengo el privilegio de conocerla primero y es la obra de un poeta de la lente, animada por una verdadera alegría del "verbo", por una profusa vida, por una condensada intuición lírica, experimentada y modificada en las condiciones de su uso. Sus extraños títulos tienen la inteligencia de sí mismos, y la reducción. Baches es otro ejemplo. Y su convocatoria es a ponerse en el umbral de su interés; el misterioso refugio de su memoria; porque esta es una obra con una severa sustentación memoriosa. Para los atenienses de hace veinticinco siglos el antónimo de olvido no era memoria, era verdad. La verdad de la memoria en la memoria de la verdad. Las dos son formas de la poesía extrema, esa que siempre insiste en develar enigmas velándolos. Para Ernesto entre la sangre y la memoria transcurre el entusiasmo.
Con un tercer alemán cierro esta reflexión. Decía Rilke que "las obras de arte nacen siempre de quien ha afrontado el peligro de quien ha ido hasta el final de su experiencia, hasta un punto que ningún ser humano puede sobrepasar. Cuando más lejos llegue más propia, más personal y única será su vida."
No hay receta válida para la escritura como no la hay para la vida. Ernesto lo sabe y entonces lo que nos propone es la fidelidad absoluta consigo mismo, la práctica del riesgo total, el tanteo en la oscuridad, como en el cine. Tal vez si uno consigue vivir apegado a estas proposiciones vislumbre el espacio de libertad en este tiempo de sumisión, un refugio humano resistente ante la amenaza de naufragio universal.
Miami, entrando el invierno, 2003