
Entrevista al cineasta y escritor Ernesto Fundora, a raíz de su libro de ensayo Instinto de Barricada a la venta en Amazon. https://www.amazon.com/dp/B0C5KJX4VW
Ilustración: Raoof Haghighi
PERIODISTA: Un libro tan extenso e intenso siempre intimida y hasta asusta al lector y a la crítica ortodoxa. Dime de la forma más sucinta posible, la tesis fundamental que manejas en esta reciente obra ensayística, Instinto de barricada.
ERNESTO FUNDORA: La tesis fundamental de este libro poliédrico, Instinto de barricada, es comentar que esencialmente vivimos como civilización humana castrados y amordazados, exentos de cualquier forma de soberanía, ya que somos una especie diseñada, controlada, amaestrada, una especie modulada e intervenida por poderes exopolíticos multiniveles, pero nuestro egocentrismos antropológico, natural o artificial, sujeto a continuas reprogramaciones, nos impide percibir esta rareza del ciclo opresor y el principio de servidumbre que hay como mal de fondo en el diseño social civilizatorio, sin importar que este sea de izquierda, de centro o de derecha. Es decir, estamos atrapados en un mundo simulado, una especie de programa cibernético a gran escala donde apenas nosotros funcionamos por software o aplicaciones de nivel tridimensional y plano sico-sociológico.
Como parte del holograma de nuestra consciencia, nos han inculcado una serie de arquetipos, de entre los cuales el fundamental que venimos arrastrando desde las eras imaginarias, desde las tribulaciones ancestrales de nuestra evolución, ha sido el instinto libertario, o sea, un arquetipo prehistórico que llevó incluso al filósofo alemán Hegel a declarar la mejor definición que considero yo existe acerca de la Historia humana, definición en mayúscula: “La historia es el progreso en la conciencia de la libertad”. Hegel se da cuenta de que más que el amor, incluso más que lo que Marx advirtió como un rasgo esencial humano – la necesidad social de la especie – había otra necesidad inherente de ser libres, un instinto que vive pulsando en el interior de la civilización y que la empuja en la búsqueda de una soberanía mayor.
Pero esa búsqueda libertaria , en el caso humano trans-histórica, está inoculada dentro de una caja negra, sumergida a niveles muy profundos de nuestra subconsciencia, en un plano de la psiquis que ronda incluso la memoria filogenética. Porque sabemos de una manera silenciosa que no somos libres y que probablemente nunca lo seremos. Y al reconocernos prisioneros, desde nuestro propio origen -lo cual ha sido machacado en el acervo mitológico- tenemos que conquistar entonces formas diversas, obsesivas, sublimadas y metafóricas de la libertad. Para ello el camino que hemos encontrado -que también es otro arquetipo consecutivo- es el arquetipo revolucionario, la épica insurgente. Sin embargo, dicha fórmula tiene una mecánica depredadora, hostil e incluso incinera para reforestar, destruye para construir, ya que está basada en las leyes negacionistas de la dialéctica: la ley de la negación de la negación, la ley de los cambios cualitativos y cuantitativos y la ley de la unidad y lucha de contrarios, todas operadas bajo el procedimiento de tesis vs antítesis que arroja por desgaste resultante una síntesis. Las tres leyes de la dialéctica de todo modelo revolucionario, ya sean de las revoluciones científicas, sociales, de creencias, políticas, la que se te ocurra, incluso las revoluciones cybercrática, financiera y cuántica de hoy, de alguna manera están sometidas a agendas exo-humanas que pretenden hacernos constantes update como civilización. Por eso vemos la Historia como una cronología lineal porque nos lo han inculcado secularmente. Nos han encadenado por medio de los resets que le provocan al planeta y a la civilización reiteradamente, como una fórmula alucinatoria, recurrente, una insuerte de tiovivo, como único modelo del cambio posible. Dentro de ellas, la más perversa, es aquella que involucra la recurrencia karmática del alma obligada a reencarnar en una rueda o samsara, un carrusel desde el cual apenas logran apearse los muy iluminados. Sin embargo, todas esas actualizaciones del sistema social traen una segunda intencionalidad que va más allá de lo que pensamos nosotros como idea del progreso, o de la evolución y el cambio. Si analizamos el evolucionismo darwineano, por ejemplo, que fue una idea maravillosa, también ucrónica, utópica e idealista, por otro lado también nos empantanó en el arraigo del antepasado homínido. Lo de sapiens era una metáfora reconfortante para generar vanagloria en el homo hábilis, condición de la cual no logramos escapar y en la que siempre nos han mantenido secuestrados. Pero, por suerte, en los años 90s aparece Lynn Margulis, una bióloga y científica iconoclasta, quien por cierto era esposa de Carl Sagan, y ella demuestra que a nivel biológico hay procesos evolutivos donde una especie no tiene que aniquilar a la otra para poder engendrar progreso. Hablamos de un cambio de alquimia, de reconvertir las cosas hacia otra sustancia por medio de una autosugestión o reprogramación de procesos que optimizan y aprenden de sus fracasos anteriores, los que además promulgan experiencias generativas en lugar de posturas aflictivas. No en balde esta bióloga (antievolucionista) le corrigió a la teoría de Darwin: “La selección natural elimina y quizás mantiene, pero no crea”. Por lo cual Margulis deja abierta una hipótesis, conocida como la endosimbiosis, una teoría ampliamente aceptada ahora en la biología oficial que refiere un mecanismo clave de la nueva epistemología evolutiva.
Ahí se confirmó algo importante y revelador, más audaz que el propio evolucionismo Darwinista, ya que se trata de una idea o teoría que viene a refutar la necesidad de destruir, de someter, de aniquilar y de contrariar. Los epígonos de Darwin lograron encontrarle una matriz antropológica y filogenética a la violencia en nuestra especie, algo de lo que se hicieron eco mentes brillantes como el mismísimo Freud y Marx. El mainstreaming o poder en la sombra, se ha encargado por siglos de repetirnos hasta el cansancio este designio fatídico. Luego entonces le ponen la tapa al pomo con la catarsis del marxismo sugiriendo el camino de la lucha armada entre el proletariado alineado y homicida, ansioso por cometer regicidio, que busca aniquilar a un grupo o clase en pro de instaurar su declarada dictadura a partir de la repartición y control de la riqueza. Si lo analizas fríamente, en el debate socio-político, ningún bando está capacitado para negociar sinceramente, sino para entramparse y despojarse ad infinitum de bienes conferidos de los cuales nos han hecho creer que somos propietarios.
Conclusión, tanto la idea evolucionista que inspiró a Karl Marx en todo su modelo revolucionario con el eje dialéctico del cambio social basado en el choque de los entes polarizados de las clases oprimidas y las clases dominantes, está dentro de una ecuación castrante que busca exacerbar, excitar, provocar e irritar a la humanidad para que vaya apelando siempre a la idea del cambio y del progreso desde una matriz prácticamente primitiva, a través del fuego, el garrote, el arma de exterminio, el instrumento de trabajo agrícola, del acto primitivo de la cacería, o cuando no, por medio del rictus fabril o alguna otra metáfora de solución bélica. Incluso la “lucha de clases” apela al fuego y a la forja como los únicos cuencos reconstituyentes de la alquimia social, instrumentos que a su vez nacen de las grandes revoluciones agrarias, neolíticas, metalúrgicas, industriales y energéticas. De esa manera, y desde esa ancestralidad hasta nuestros días, el fuego ha sido el único paradigma para cambiarle el rostro a la historia, la cual, por más que se le maquille y apliquen fantasías imaginativas, sigue siendo prehistórica, atrasada, porque promulga el embelesado patrón de un arquetipo que nos tiene atrapado en bucles y ritornellos viciados por una violencia de instintiva animalidad. De eso trata Instinto de barricada, y de cómo podemos salir de ese mantra perverso por medio de las revoluciones espirituales, meditativas, sistémicas, desde la excitación pineal hasta la consciencia social e individual autoiluminadoras.
PERIODISTA: Veo que este libro ensancha y desenmascara el sentido carcelario de nuestra civilización, la falacia de hacernos creer que vivimos en democracia o bajo un gobierno de reglas morales dictadas por la mayoría, cuando según tú expones, realmente casi todo el diseño social lo controla una élite supremacista que tiene mas de 2 siglos determinando el rumbo del mundo?
ERNESTO FUNDORA: Somos una especie que deambula como animal de granja condicionado de múltiples formas y por muchos determinismos clásicos. La libertad se define frente a los límites subjetivos, mentales, físico y convencionales, pero hay que seguir agrandándole el condado a esta utopía. Porque fuimos sometidos a una castración por amos intergalácticos que diseñaron nuestro mapa genético y nos pusieron una escafandra.
Curiosamente, los 8000 años de civilización le han puesto una mayor atención a los cercos menos importantes de nuestra vida, es decir a los políticos, los sociales, los financieros, los geográficos y los psicológicos. Por dicha razón, propongo en este libro reenfocar la mirada hacia otras rejas, hacia otros balaustres, otros muros, otras delimitaciones de nuestra conciencia carcelaria que busca a perpetuidad desmarcarse de la desdicha y de los encierros con gran infortunio. Aquí voy a enumerar algunas de esas delimitaciones sutiles, muchas de las cuales son preocupaciones medulares preestablecidas en nuestros arquetipos desde la noche de los tiempos, para convertirnos en animales rehenes de un experimento universal, atrapados en una granja social o en un domo galáctico.
El primero y más espantoso de todas las estrecheces ha sido aceptar y educarnos bajo la idea de que surgimos a partir de la nada, hijos de una orfandad, del vacío ilógico que implosionó primigeniamente por arte de magia. Pactar con esa idea inexplicable de un dios creador que en 7 días dió complexión a tanta representatividad, me causa estupor y me parece de una pereza intelectual casi infantil. Luego, ese dios ontologizado por el clero de disímiles teologías, se instaura en nuestro trono mental y por medio de la intimidación, el perdón o del castigo, nos excita o nos limita en una idea existencial tremendamente perversa y coercitiva, a la que hemos llamado sustancia moral aportada por la fe, en decir, las nociones del bien y del mal que rigen nuestro correcto o desatinado modo de obrar en la tierra.
Después tenemos este concepto del solipsismo, como si los terrícolas, o sea la humanidad, fuéramos los únicos vagamundos, los únicos habitantes de este universo. Esta concepción nos plantea una forma de rebaño desamparado, como si estuviésemos atrapado en una desolación o abandono universal infinito, dejándonos en manos de un libre albedrío cósmico. Y por añadidura, este idea propone a un creador divino castrante , desequilibrado, que desaprovecha la inmensidad cósmica y restriñe la exuberancia del universo a una sola civilización, develando un plan desproporcionado si lo analizamos desde una visión de equilibrio matemático.
Sin embargo, hay sobrabas evidencias arqueológicas, cosmológicas que demuestran que nuestra especie está relacionada y conectada incluso desde su ADN -de una forma bastante inexplorada todavía- con civilizaciones anteriores que poblaron la tierra mucho antes que nosotros. Sin embargo, producto de razones que todavía no logramos entender dentro de una ecuación histórica, secular o racional, se nos ha querido reducir a una especie que solamente está capacitada para maniobrar dentro de tres dimensiones y en una lógica formal circunscrita. Ya sea producto de una catástrofe cosmológica o sea producto de una intervención artificial castrante (la llamada Caída según la eclesiastés) para limitar el desarrollo de nuestra especie, quedamos reducido a un comportamiento de la dimensión mecánica y no hemos podido acceder y crecer hacia más de 15 dimensiones que se sospechan existen en el universo. Creer entonces que los genes son apenas una cárcel donde estamos encerrados a perpetuidad ha sido una de nuestras grandes condenas, nos han criado con desánimo y angustias como bestias ordinarias, cuando lo sagrado y lo epigenético nos compone desde nuestro origen mismo, desde los patrones celulares y desde lo metafísico emancipatorio. Incluso, nuestro cuerpo y alma, han sido separados a ex profeso, también por una dualística cultural infundada por el historicismo clásico. Hemos sido escindidos, divorciados, como si esas entidades confluyentes estuviesen obligadas a cohabitar en conflictos. Los ingenieros de esta humanidad plantearon el factor de la lucha para romper ese campo unitivo del que deberíamos sacar mucho provecho evolutivo como especie y en el que se enfocan las grandes mentes y espíritus superiores.
Luego tenemos que la civilización nos ha cultivado como si fuésemos una especie poco benévola, salvaje y violenta. Nuestra capacidad espiritual ha sido relegada y oprimida a segundas intenciones, cuando en realidad es allí en nuestro espíritu divino concatenado al alma, donde está nuestro potencial inimaginable. Quedamos atrapados en una idea dicotómica, bicéfala, neurótica, (cuerpo- espíritu) que aísla la conciencia de la materia, el cuerpo del alma, creando abismos entre el ser y el no ser, entre lo tangible y lo intangible, y todo eso es lo que nos hace someternos a una neurosis de poco realengo, a una epistemología rudimentaria. Nos tienen fracturados a conveniencia, agobiados por debates bizantinos, incluso cuando ya hay quienes reconocen que gran parte de la humanidad nace desalmada, lo cual dibuja un escenario más tremebundo.
Otra de las perversidades a las que hemos sido sometido como experimento es estar educados por y para un apocalipsis posible que se explaya y se publicita desde el espectáculo de la guerra como modelo económico de desarrollo social, hasta la secularización mitologizada de las creencias en una catástrofe posible a la vuelta de la esquina, ya sea en forma de meteorito, castigo divino, diluvios, cambios climáticos, estallido inexplicable de pandemias, o por medio de una conflagración nuclear entre las naciones líderes globales. Incluso, ya más reciente, se nos insinúa acerca de una posible confrontación con culturas alienígenas que vienen a depredarnos.
También hemos quedado atrapados en la comunicación verbal como un único lenguaje posible de la especie, desechando la comunicación telepática, la comunicación del lenguaje figurado, simbólico, matemático y artístico, los cuales han sido desarrollados en cámara lenta y en migajas, cuando pudiéramos ya estar en otro nivel del desarrollo extra lingüístico.
Para todo eso nos han anestesiado la glándula pineal, la han calcificado a través de procesos bioquímicos de alimentación forzosa repleta de toxicidad, sobre todo por medio de radiaciones, fumigaciones, envenenamiento sistémico, a la par de otras distrofias de sentidos, sensores y afectaciones de las antenas naturales que se nos han adormilado fruto de la agendas de control poblacional. Podemos citar ejemplos degenerativos básicos: la disminución del Sexto Sentido, la degradación de la intuición, la pérdida de la previsualización remota, así como de la capacidad de navegación dentro de la extratemporalidad, el viaje premonitorio a través del sueño, la canalización multidimensional, la captación de espíritus, la contemplación extracorpórea, etc.
También podemos advertir que el silencio ha sido abolido de nuestra vida, ha sido exterminado, exiliado de nuestra cotidianidad. Al igual que nos han obligado a experimentar una soledad no elegida, o desolación paradógica al centro de las multitudes. Nos han metido en megápolis y estructuras de convivencia ruidosas y tormentosas donde el individuo no experimenta ya una sensación oceánica, ni una integración a la naturaleza, donde más bien el individuo está inmerso dentro de un ruidazal que lo abruma, lo constriñe, lo reduce. Por eso, las filosofías meditativas y las doctrinas ancestrales de equilibrio de nuestro sistema metafísico y físico, han sido satanizadas, estigmatizadas, vulgarizadas y comercializadas, con el afán de qué no podamos desarrollar esas aristas de la conciencia mayor. Incluso ese saber exquisito y sutilizado ha sido desterrado de las academias por los siglos de los siglos. Occidente mira de reojo y con desconfianza esas filosofías, esencialmente porque ama demasiado a las máquinas, incluso por encima que a su propia madre que lo parió, la sabia naturaleza. Solo te doy un dato que confirma la manipulación de valores actuales. Hoy se nos hace creer que exponernos al sol es dañino, sin embargo que estar sentado frente a una computadora o celular largas jornadas es un comportamiento canónico.
Por ejemplo, como especie tenemos el don del sueño, la poesía y las matemáticas por sólo citar tres actividades superiores pero no sabemos qué hacer con ellas para mejorar el sentido de nuestra felicidad y de nuestra existencia cotidiana. Vivimos a amurallados en un domo cosmológico dentro de un mapa celestial que tiende a la infinitud, pero sin embargo estamos en una encerrona espacial, una especie de cuarentena y por eso no podemos salir de nuestra atmósfera, no podemos circundar el Cosmos, actividad que realizaron a plenitud todas las civilizaciones que pasaron y poblaron la tierra milenariamente. La mitad del desarrollo espacial de la NASA, la URSS y ahora de Elon Musk son puro teatro y cuento chino. Nos endulzan con falacias salvíficas de que viajaremos a marte, cuando no logramos que ni los aviones salgan a tiempo en un aeropuerto ordinario.
Por otro lado, nos han educado en una filosofía de monetización que deprecia la alegría como valor esencial, creándonos una confusión entre el éxtasis real y el placer virtual de carácter efímero. La liturgia de una esclavitud laboral, productivista y de crecimiento exponencial se nos inculca desde niño como única forma del desarrollo social y personal. No somos criados ni educados para la alegría, el goce ni la felicidad, sino que nos entrenan para entrar en las filas gloriosas del mercado laboral. Somos animales tributarios y aceptamos la maldad del fisco y de los impuestos usureros como una mea culpa inamovible, como si estuviera justificado que otro se enriquezca malvadamente a partir de mi explotación y alienación. Tienen a la gente deprimida, viviendo en “modo de sobrevivencia”, angustiados por la deuda, hacinados en ese marco sicológico rasante de existencia rupestre. La castración de la cultura del ocio es algo muy maligno para nuestra especie, hasta el mismísimo “tiempo libre” que nos queda después del trabajo lo quieren administrar. El poder diagrama nuestro ocio con drogas estilo Netflix, Disney o Hollywood. Ya la gente no tiene sexo porque eso quita tiempo para todo lo otro. Se vive en función de la base mundana de la vida social. Hablar de orgasmo en los medios, en las universidades y en cualquier espacio público es un pecado capital. Hay una involución y disfuncionalidad orgásmica en la especie que indica una ingeniería demográfica neomaltusiana operando desde la sombra: abortismo, agenda LGTB, masculinización de la mujer, afeminización del hombre, guerra bioquímica contra la fertilidad, animalismo, abuso de drogas sintéticas a veces autorizadas y otras ilegales, envenenamiento sistemático del medio ambiente, bombardeo mediático contra el concepto tradicional de familia, fumigación ilegal de ciudades desde el cielo, disminución demográfica por medio de guerras y pandemias, son algunos de estos catalizadores del caos humano.
Nos han encerrado en una concepción maldita, en una creencia ilógica de qué el desarrollo tecnológico e industrial son los únicos que garantizan la felicidad de la civilización y nos han hecho dependiente del dinero como una interface inter humana inevitable. Nos vendieron primero la estafa de que veníamos descendiendo de animales prehistóricos, salvajes, reptiles, mamíferos, seres tribales con una jerarquización en su comportamiento, y, por ende, que estamos condenados a ser competitivos y siempre adversos, dispuestos a luchar por la conquista de la condición Alpha, por ende, han reducido nuestra capacidad dialógica y cooperativa a un modelo competitivo y de constante confrontación que se justifica por las barbáricas “leyes del mercado”.
Por otro lado, hay una visión reciente de corte transhumano, porfiada en instaurar un eslabón intermedio en nuestras comunicaciones. Primero empezó siendo el dinero como un interface virtual, haciéndonos creer que gracias a este nos estaban enlazando mejor, que nos estaban obligando a estar Interconectados a través de ese interface dialógica, de unificación humana. Después nos han creado toda esta cultura digital de internet y de celulares (la infomanía, según la define Byung Chul Han ), en virtud de desmejorar nuestro propio y natural medio de comunicación sensorial, telepático, afectivo, lingüístico y de conexión interhumana, pero que en verda busca consolidar un proceso de autoexplotación complaciente.
Nos han anestesiados con sectarismos ideológicos, segmentaciones de toda índole que pretenden tenernos enemistados, tanto por choque de ideología religiosas como de ideologías políticas o económicas que nos mantienen en discordia continua. Pareciera que la humanidad no fuera capaz de entenderse más allá de esos transitorios sistemas de creencias o recetarios mentales. Al respecto anoto una disminución controlada de los ritos o fiestas populares masivas, de carácter carnavalesco, que han sido sustituidas por los evento precalentados, mayormente deportivos y virtuales, donde se asina estúpidamente a miles de seres en los grandes estadios a perseguir vulgarmente “el llamado de la tribu”.
Y como último, creo que el más importante y perverso de los mecanismos de sometimiento ingenieril, tenemos aquel que consiste en que nos han convencido de que fuimos desterrados del paraíso y de que estamos bajo una condena, es decir, excomulgados porque ese paraíso, la Tierra, que es casi un jardín divino, resulta que nos está quedando chico. Estamos sometidos a un encarcelamiento dimensional, nos confunden con ese exorcismo, con ese especie de mea culpa ecoambientalista, cuando somos una especie de hibridacion integrista, de diversos genomas, pero que sin embargo no sabe cómo obrar con su propia alma, multifacética, multidimensional, hiper-compleja, por ende nos han limitado, nos han castrado y reducido casi conformando un Frankenstein, un hombre sin atributos a medio camino entre Robert Musil y el mediocre denunciado por José Ingenieros. Eso el mainstreaming nos lo inculca, nos lo enfatiza y lo prioriza a través de todos los medios posibles, denigrando cualquier otra forma de expansión, amplificación o desarrollo síquico y astral de nuestra consciencia.
Todos nuestros líderes globales, todos nuestros presidentes de los estados nacionales, todos nuestros banqueros, las élites corporativas, financieras, militares, technócratas y la cybercracia, están dominadas y son medios útiles para los poderes exopolíticos quienes, desde la sombra, son los titiriteros que diagraman realmente el destino de nuestra humanidad. Esa nunca va a ser una información confesa. Nuestra civilización, nuestro modelo social, tiene que ir desentrañando ese misterio. Tenemos que aplicarle una hermenéutica más profunda para lograr entender la cartografía de nuestra cárcel. Por ejemplo, pasó algo durante el Medioevo, la transición del imperio romano hacia el renacimiento, que logró escindir un modelo de pensamiento mágico y suplantarlo por un modelo de pensamiento racional, ambos fueron confrontados, y en dicho choque llamado dialéctico, la lógica formal desgastó al pensamiento mágico, sin establecer los puentes necesarios. En esos despojos, borrones intencionados, evoluciones y cambios de paradigmas, siempre se advierte alguna mano peluda sacando su provecho en beneficio de los amos globales. De ese tipo de experiencia se desprenden infinidad de aspectos que explican porque hoy es más fácil moldear al sujeto y reprogramarle la conciencia social. Lo hizo el poder desde la revolución agraria, luego durante el monoteísmo persa, el egipcio, luego el judaico, después Grecia, Roma y así consecutivamente hasta que cumplen su función final de aplicarnos update y reseteos esporádicos a nuestros pasos. Los amos celestiales, a través de los sujetos operadores (las élites terrícolas) elaboran e imponen la normatividad para seguir avanzando hacia sus planes secretos. Y nosotros, comportándonos como ratas de laboratorios, seguimos omnubilados tras la zanahoria.
Todas estas delimitaciones, parcelamientos, fragmentaciones, castraciones, todas estas omisiones, alteran nuestro Anandamaya Kocha, o sea, nuestro cuerpo de dicha según se refiere en los Upanishas, -ese que está en un cuerpo astral- y que ha sido lastimado o relegado a la santidad de unos pocos porque se dirime en registros muy sutiles que no logra auscultar el vulgo. Por ende, vivimos en una trampa perpetua, en una angustia social cotidiana e insolvente, porque los amos globales se alimentan del pesar, se alimentan de nuestro miedo, de nuestro dolor, de nuestra angustia. Y lo sabemos y no lo queremos aceptar porque nos han reducido al goce efímero e intrascendente de un mito reciente y macabro, tal vez el ultimo mito de la modernidad: el sueño americano. El éxtasis y la plenitud nos la convidan a cuotas de miserias, negociándola a cambio de insípidos placeres de rango mundano. Como especies de pequeños paréntesis de goce, observamos como nuestra condición divina ha sido la más castrada de todas, es decir, nos han maniatado hacia lo disfuncional, hacia lo primario: el mercado le ganó a la poesía, la prosa le ganó a lo celestial. Por eso en mi libro Instinto de Barricada concluyo que la Revolución necesaria e impostergable, la que exige el porvenir, es la del espíritu, aquella que promueva un salto cuántico de consciencia holística que reunifique varias tradiciones fracturadas. Sólo así, podremos crearle contrapeso al peor peligro que corre la especie humana, el transhumanismo, hacia el que nos enrumban como el próximo salto en el barranco.
Y ahora te toca a ti sacar tus propias conclusiones, porque ten en cuenta una estadística elemental: apenas una cuarta parte de todos estos argumentos que te he puesto sobre la mesa, provocaron que miles de personas superiores, inteligentes y especiales fueran sacrificadas, asesinadas, mutiladas, encerradas en hospitales psiquiátrico, quemados en la hoguera, u otros fueron estigmatizados o desterrados de la vida común y social, marginados o sentenciados al destierro por desenmascarar estas operaciones secretas del poder. Entonces debemos reconocer que nuestro hartazgo produce también un aprendizaje social de cómo comportarse frente a la verdad y de cómo aprender a movernos y a sobrevivir a través de la mentira. Eso también es una de nuestras grandes calamidades universales, otra programación de la que somos víctimas y cómplices. Somos una especie que se desenvuelve armoniosamente dentro de la mentira, fenómeno que va desde algo tan sublime como construir metáforas comunicativas en el lenguaje hablado y escrito, hasta llegar a algo tan pedestre y básico como engañar al prójimo para usufructuarlo y sacarle algún beneficio de valor esclavizante.
Conclusión, debemos regresar a los arcanos mayores, reconciliarnos con los árboles, la tierra y con las otras especies, así como tener prudencia con la nanotecnología, la ciencia de datos, la inteligencia artificial y los algoritmos que ya controlan nuestras vidas. En otro sentido, ser desconfiados y críticos como ciudadanía con las agendas de las instituciones multinacionales que en mucho recuerdan al estado-centrismo, pero en una mayor escala, y que juegan a parecer garantes de nuestra alegría y prosperidad, pero que fueron creadas para controlarnos y esquilmarnos. Y concluyo con un Koan de mi propia cosecha : la piedra fue lanzada al estanque, pero nadie recuerda ya cómo suena.
CDMX. Col. Del Valle. 12 de Abril 2024.