DEL INSTINTO HOMICIDA AL ARQUETIPO LIBERTARIO

Entrevista al cineasta y escritor Ernesto Fundora, a raíz de su libro de ensayo Instinto de Barricada a la venta en Amazonhttps://www.amazon.com/dp/B0C5KJX4VW

Ilustración: Raoof Haghighi

PERIODISTA:  Un libro tan extenso e intenso siempre intimida y hasta asusta al lector y a la crítica ortodoxa. Dime de la forma más sucinta posible, la tesis fundamental que manejas en esta reciente obra ensayística, Instinto de barricada.

ERNESTO FUNDORA: La tesis fundamental de este libro poliédrico, Instinto de barricada, es comentar que esencialmente vivimos como civilización humana castrados y amordazados, exentos de cualquier forma de soberanía, ya que somos una especie diseñada, controlada, amaestrada,  una especie modulada e intervenida por poderes exopolíticos multiniveles, pero nuestro egocentrismos antropológico, natural o artificial, sujeto a continuas reprogramaciones, nos impide percibir esta rareza del ciclo opresor y el principio de servidumbre que hay como mal de fondo en el diseño social civilizatorio, sin importar que este sea de izquierda, de centro o de derecha. Es decir, estamos atrapados en un mundo simulado, una especie de programa cibernético a gran escala donde apenas nosotros funcionamos por software o aplicaciones de nivel tridimensional y plano sico-sociológico.

Como parte del holograma de nuestra consciencia, nos han inculcado una serie de arquetipos, de entre los cuales el  fundamental que venimos arrastrando desde las eras imaginarias, desde las tribulaciones ancestrales de nuestra evolución, ha sido el instinto libertario, o sea, un arquetipo prehistórico que llevó incluso al filósofo alemán Hegel a declarar la mejor definición que considero yo existe acerca de la Historia humana, definición en mayúscula: “La historia es el progreso en la conciencia de la libertad”. Hegel se da cuenta de que más que el amor, incluso más que lo que Marx advirtió como un rasgo esencial humano – la necesidad social de la especie – había otra necesidad inherente de ser libres, un instinto que vive pulsando en el interior de la civilización y que la empuja en la búsqueda de una soberanía mayor.

Pero esa búsqueda libertaria , en el caso humano trans-histórica,  está inoculada dentro de una caja negra, sumergida a niveles muy profundos de nuestra subconsciencia, en un plano de la psiquis que ronda incluso la memoria filogenética. Porque  sabemos de una manera silenciosa que no somos libres y que probablemente nunca lo seremos. Y al reconocernos prisioneros, desde nuestro propio origen -lo cual ha sido machacado en el acervo mitológico- tenemos que conquistar entonces formas diversas, obsesivas,  sublimadas y metafóricas de la libertad. Para ello el camino que hemos encontrado -que también es otro arquetipo consecutivo- es el arquetipo revolucionario, la épica insurgente. Sin embargo, dicha fórmula tiene una mecánica depredadora, hostil e incluso incinera para reforestar, destruye para construir, ya que está basada en las leyes negacionistas de la dialéctica: la ley de la negación de la negación, la ley de los cambios cualitativos y cuantitativos y la ley de la unidad y lucha de contrarios, todas operadas bajo el procedimiento de tesis vs antítesis que arroja por desgaste  resultante una síntesis. Las tres leyes de la dialéctica de todo modelo revolucionario, ya sean de las revoluciones científicas, sociales, de creencias, políticas,  la que se te ocurra, incluso las revoluciones cybercrática, financiera y cuántica de hoy, de alguna manera están sometidas a agendas exo-humanas que pretenden hacernos constantes update como civilización. Por eso vemos la Historia como una cronología lineal porque nos lo han inculcado secularmente. Nos han encadenado por medio  de los resets que le provocan al planeta y a la civilización reiteradamente, como una fórmula alucinatoria, recurrente, una insuerte de tiovivo, como único modelo del cambio posible. Dentro de ellas, la más perversa, es aquella que involucra la recurrencia karmática del alma obligada a reencarnar en una rueda o samsara, un carrusel desde el cual apenas logran apearse los muy iluminados. Sin embargo, todas esas actualizaciones del sistema social traen una segunda intencionalidad que va más allá de lo que pensamos nosotros como idea del progreso, o de la evolución y el cambio. Si analizamos el evolucionismo darwineano, por ejemplo, que fue una idea maravillosa, también ucrónica, utópica e idealista, por otro lado también nos empantanó en el arraigo del antepasado homínido. Lo de sapiens era una metáfora reconfortante para generar vanagloria en el homo hábilis, condición de la cual no logramos escapar y en la que siempre nos han mantenido secuestrados. Pero, por suerte, en los años 90s  aparece Lynn Margulis, una bióloga y científica iconoclasta, quien por cierto era esposa de Carl Sagan, y ella demuestra que a nivel biológico hay procesos evolutivos donde una especie no tiene que aniquilar a la otra para poder engendrar progreso. Hablamos de un cambio de alquimia, de reconvertir las cosas hacia otra sustancia por medio de una autosugestión o reprogramación de procesos que optimizan y aprenden de sus fracasos anteriores, los que además promulgan experiencias generativas en lugar de posturas aflictivas. No en balde esta bióloga (antievolucionista) le corrigió a la teoría de Darwin: “La selección natural elimina y quizás mantiene, pero no crea”. Por lo cual Margulis deja abierta una hipótesis, conocida como la endosimbiosis, una teoría ampliamente aceptada ahora en la biología oficial que refiere un mecanismo clave de la nueva epistemología evolutiva.

Ahí se confirmó algo importante y revelador, más audaz que el propio evolucionismo Darwinista, ya que se trata de una idea o teoría que viene a refutar la necesidad de destruir, de someter, de aniquilar y de contrariar. Los epígonos de  Darwin lograron encontrarle una matriz antropológica y filogenética a la violencia en nuestra especie, algo de lo que se hicieron eco mentes brillantes como el mismísimo Freud y Marx. El mainstreaming o poder en la sombra, se ha encargado por siglos de repetirnos hasta el cansancio este designio fatídico.  Luego entonces le ponen la tapa al pomo con la catarsis del marxismo sugiriendo el camino de la lucha armada entre el proletariado alineado y homicida, ansioso por cometer regicidio, que busca aniquilar a un grupo o clase en pro de instaurar su declarada dictadura a partir de la repartición y control de la riqueza. Si lo analizas fríamente, en el debate socio-político, ningún bando está capacitado para negociar sinceramente, sino para entramparse y despojarse ad infinitum de bienes conferidos de los cuales nos han hecho creer que somos propietarios.

Conclusión, tanto la idea evolucionista que inspiró a Karl Marx en todo su modelo revolucionario con el eje dialéctico del cambio social basado en el choque de los entes polarizados de las clases oprimidas y las clases dominantes, está dentro de una ecuación castrante que busca exacerbar, excitar, provocar e irritar a la humanidad para que vaya apelando siempre a la idea del cambio y del progreso desde una matriz prácticamente primitiva, a través del fuego, el garrote, el arma de exterminio, el instrumento de trabajo agrícola, del acto primitivo de la cacería, o cuando no, por medio del rictus fabril o alguna otra metáfora de solución bélica. Incluso la “lucha de clases” apela al fuego y a la forja como los únicos cuencos reconstituyentes de la alquimia social, instrumentos que a su vez nacen de las grandes revoluciones agrarias, neolíticas, metalúrgicas, industriales y energéticas. De esa manera, y desde esa ancestralidad hasta nuestros días, el fuego ha sido el único paradigma para cambiarle el rostro a la historia, la cual, por más que se le maquille y apliquen fantasías imaginativas, sigue siendo prehistórica, atrasada, porque promulga el embelesado patrón de un arquetipo que nos tiene atrapado en bucles y ritornellos viciados por una violencia de instintiva animalidad. De eso trata Instinto de barricada, y de cómo podemos salir de ese mantra perverso por medio de las revoluciones espirituales, meditativas, sistémicas, desde la excitación pineal hasta la consciencia social e individual autoiluminadoras.

PERIODISTA: Veo que este libro ensancha y desenmascara el sentido carcelario de nuestra civilización, la falacia de hacernos creer que vivimos en democracia o bajo un gobierno de reglas morales dictadas por la mayoría, cuando según tú expones, realmente casi todo el diseño social  lo controla una élite supremacista que tiene mas de 2 siglos determinando el rumbo del mundo?

ERNESTO FUNDORA: Somos una especie que deambula como animal de granja condicionado de múltiples formas y por muchos determinismos clásicos. La libertad se define frente a los límites subjetivos, mentales, físico y convencionales, pero hay que seguir agrandándole el condado a esta utopía. Porque fuimos sometidos a una castración por amos intergalácticos que diseñaron nuestro mapa genético y nos pusieron una escafandra.

Curiosamente, los 8000  años de civilización le han puesto una mayor atención a los cercos menos importantes de nuestra vida, es decir a los políticos, los sociales, los financieros, los geográficos y los psicológicos. Por dicha razón, propongo en este libro reenfocar la mirada hacia otras rejas, hacia otros balaustres, otros muros, otras delimitaciones de nuestra conciencia carcelaria que busca a perpetuidad desmarcarse de la desdicha y de los encierros con gran infortunio. Aquí voy a enumerar algunas de esas delimitaciones sutiles, muchas de las cuales son preocupaciones medulares preestablecidas en nuestros arquetipos desde la noche de los tiempos, para convertirnos en animales rehenes de un experimento universal, atrapados en una granja social o en un domo galáctico.

El primero y más espantoso de todas las estrecheces ha sido aceptar y educarnos bajo la idea de que surgimos a partir de la nada, hijos de una orfandad, del vacío ilógico que implosionó primigeniamente por arte de magia. Pactar con esa idea inexplicable de un dios creador que en 7 días dió complexión a tanta representatividad, me causa estupor y me parece de una pereza intelectual casi infantil. Luego, ese dios ontologizado por el clero de disímiles teologías, se instaura en nuestro trono mental y por medio de la intimidación, el perdón o del castigo, nos excita o nos limita en una idea existencial tremendamente perversa y coercitiva, a la que hemos llamado sustancia moral aportada por la fe, en decir, las nociones del bien y del mal que rigen nuestro correcto o desatinado modo de obrar en la tierra.

Después tenemos este concepto del solipsismo, como si los terrícolas, o sea la humanidad, fuéramos los únicos vagamundos, los únicos habitantes de este universo. Esta concepción nos plantea una forma de rebaño desamparado, como si estuviésemos atrapado en una desolación o abandono universal infinito, dejándonos en manos de un libre albedrío cósmico. Y por añadidura, este idea propone a un creador divino castrante , desequilibrado, que desaprovecha la inmensidad cósmica y restriñe la exuberancia del universo a una sola civilización, develando un plan desproporcionado si lo analizamos desde una visión de equilibrio matemático.

Sin embargo, hay sobrabas evidencias arqueológicas, cosmológicas que demuestran que nuestra especie está relacionada y conectada incluso desde su ADN -de una forma bastante inexplorada todavía- con civilizaciones anteriores que poblaron la tierra mucho antes que nosotros. Sin embargo, producto de razones que todavía no logramos entender dentro de una ecuación histórica, secular o racional, se nos ha querido reducir a una especie que solamente está capacitada para maniobrar dentro de tres dimensiones y en una lógica formal circunscrita. Ya sea producto de una catástrofe cosmológica o sea producto de una intervención artificial castrante (la llamada Caída según la eclesiastés) para limitar el desarrollo de nuestra especie, quedamos reducido a un comportamiento de la dimensión mecánica y no hemos podido acceder y crecer hacia más de 15 dimensiones que se sospechan  existen en el universo. Creer entonces que los genes son apenas una cárcel donde estamos encerrados a perpetuidad ha sido una de nuestras grandes condenas, nos han criado con desánimo y angustias como bestias ordinarias, cuando lo sagrado y lo epigenético nos compone desde nuestro origen mismo, desde los patrones celulares y desde lo metafísico emancipatorio. Incluso, nuestro cuerpo y alma, han sido separados a ex profeso, también por una dualística cultural infundada por el historicismo clásico. Hemos sido escindidos, divorciados, como si esas entidades confluyentes estuviesen obligadas a cohabitar en conflictos. Los ingenieros de esta humanidad plantearon el factor de la lucha para romper ese campo unitivo del que deberíamos sacar mucho provecho evolutivo como especie y en el que se enfocan las grandes mentes y espíritus superiores.

Luego tenemos que la civilización nos ha cultivado como si fuésemos una especie poco benévola, salvaje y violenta. Nuestra capacidad espiritual ha sido relegada y oprimida a segundas intenciones, cuando en realidad es allí en nuestro espíritu divino concatenado al alma,  donde está nuestro potencial inimaginable. Quedamos atrapados en una idea dicotómica, bicéfala, neurótica, (cuerpo- espíritu) que aísla la conciencia de la materia,  el cuerpo del alma, creando abismos entre el ser y el no ser, entre lo tangible y lo intangible, y todo eso es lo que nos hace someternos a una neurosis de poco realengo, a una epistemología rudimentaria. Nos tienen fracturados a conveniencia, agobiados por debates bizantinos, incluso cuando ya hay quienes reconocen que gran parte de la humanidad nace desalmada, lo cual dibuja un escenario más tremebundo.

Otra de las perversidades a las que hemos sido sometido como experimento es estar educados por y para un apocalipsis posible que se explaya y se publicita desde el espectáculo de la guerra como modelo económico de desarrollo social, hasta la secularización mitologizada de las creencias en una catástrofe posible a la vuelta de la esquina, ya sea en forma de meteorito, castigo divino, diluvios, cambios climáticos, estallido inexplicable de pandemias, o por medio de una conflagración nuclear entre las naciones líderes globales. Incluso, ya más reciente,  se nos insinúa acerca de una posible confrontación con culturas alienígenas que vienen a depredarnos.

También hemos quedado atrapados en la comunicación verbal como un único lenguaje posible de la especie, desechando la comunicación telepática, la comunicación del lenguaje figurado, simbólico, matemático y artístico, los cuales han sido desarrollados en cámara lenta y en migajas, cuando pudiéramos ya estar en otro nivel del desarrollo extra lingüístico.

Para todo eso nos han anestesiado la glándula pineal, la han calcificado a través de procesos bioquímicos de alimentación forzosa repleta de toxicidad, sobre todo por medio de radiaciones, fumigaciones, envenenamiento sistémico, a la par de otras distrofias de sentidos, sensores y afectaciones de las antenas naturales que se nos han adormilado fruto de la agendas de control poblacional. Podemos citar ejemplos degenerativos básicos: la disminución del Sexto Sentido, la degradación de la intuición, la pérdida de la previsualización remota, así como de la capacidad de navegación dentro de la extratemporalidad, el viaje premonitorio a través del sueño,  la canalización multidimensional, la captación de espíritus, la contemplación extracorpórea, etc.

También podemos advertir que el silencio ha sido abolido de nuestra vida, ha sido exterminado, exiliado de nuestra cotidianidad. Al igual que nos han obligado a experimentar una soledad no elegida, o desolación paradógica al centro de las multitudes. Nos han metido en megápolis y estructuras de convivencia ruidosas y tormentosas donde el individuo no experimenta ya una sensación oceánica, ni una integración a la naturaleza, donde más bien el individuo está inmerso dentro de un ruidazal que lo abruma, lo constriñe, lo reduce. Por eso, las filosofías meditativas y las doctrinas ancestrales de equilibrio de nuestro sistema metafísico y físico, han sido satanizadas, estigmatizadas, vulgarizadas y comercializadas, con el afán de qué no podamos desarrollar esas aristas de la conciencia mayor. Incluso ese saber exquisito y sutilizado ha sido desterrado de las academias por los siglos de los siglos. Occidente  mira de reojo y con desconfianza esas filosofías, esencialmente porque ama demasiado a las máquinas, incluso por encima que a su propia madre que lo parió, la sabia naturaleza. Solo te doy un dato que confirma la manipulación de valores actuales. Hoy se nos hace creer que exponernos al sol es dañino, sin embargo que estar sentado frente a una computadora o celular largas jornadas es un comportamiento canónico.

Por ejemplo, como especie tenemos el don del sueño, la poesía y las matemáticas por sólo citar tres actividades superiores pero  no sabemos qué hacer con ellas para mejorar el sentido de nuestra felicidad y de nuestra existencia cotidiana. Vivimos a amurallados en un domo cosmológico dentro de un mapa celestial que tiende a la infinitud, pero sin embargo estamos en una encerrona espacial, una especie de cuarentena y por eso  no podemos salir de nuestra atmósfera, no podemos circundar el Cosmos, actividad que realizaron a plenitud todas las civilizaciones que pasaron y poblaron  la tierra milenariamente. La mitad del desarrollo espacial de la NASA, la URSS y ahora de Elon Musk son puro teatro y cuento chino. Nos endulzan con falacias salvíficas de que viajaremos a marte, cuando no logramos que ni los aviones salgan a tiempo en un aeropuerto ordinario.

Por otro lado, nos han educado en una filosofía de monetización que deprecia la alegría como valor esencial, creándonos una confusión entre el éxtasis real y el placer virtual de carácter efímero. La liturgia de una esclavitud laboral, productivista y de crecimiento exponencial se nos inculca desde niño como única forma del desarrollo social y personal. No somos criados ni educados para la alegría, el goce ni la felicidad, sino que nos entrenan para entrar en las filas gloriosas del mercado laboral. Somos animales tributarios y aceptamos la maldad del fisco y de los impuestos usureros como una mea culpa inamovible, como si estuviera justificado que otro se enriquezca malvadamente a partir de mi explotación y alienación. Tienen a la gente deprimida, viviendo en “modo de sobrevivencia”, angustiados por la deuda, hacinados en ese marco sicológico rasante de existencia rupestre. La castración de la cultura del ocio es algo muy maligno para nuestra especie,  hasta el mismísimo  “tiempo libre” que nos queda después del trabajo lo quieren administrar. El poder diagrama nuestro ocio con drogas estilo Netflix, Disney o Hollywood. Ya la gente no tiene sexo porque eso quita tiempo para todo lo otro. Se vive en función de la base mundana de la vida social. Hablar de orgasmo en los medios, en las universidades y en cualquier espacio público es un pecado capital. Hay una involución y disfuncionalidad orgásmica en la especie que indica una ingeniería demográfica neomaltusiana operando desde la sombra: abortismo, agenda LGTB, masculinización de la mujer, afeminización del hombre, guerra bioquímica contra la fertilidad, animalismo, abuso de drogas sintéticas a veces autorizadas y otras ilegales, envenenamiento sistemático del medio ambiente, bombardeo mediático contra el concepto tradicional de familia, fumigación ilegal de ciudades desde el cielo, disminución demográfica por medio de guerras y pandemias, son algunos de estos catalizadores del caos humano.

Nos han encerrado en una concepción maldita, en una creencia ilógica de qué el desarrollo tecnológico e industrial son los únicos que garantizan la felicidad de la civilización y nos han hecho dependiente del dinero como una interface inter humana inevitable. Nos vendieron primero la estafa de que veníamos descendiendo de animales prehistóricos, salvajes, reptiles, mamíferos, seres tribales con una jerarquización en su comportamiento, y, por ende, que estamos condenados a ser competitivos y siempre adversos, dispuestos a luchar por la conquista de la condición Alpha, por ende,  han reducido nuestra capacidad dialógica y cooperativa a un modelo competitivo y de constante confrontación que se justifica por las barbáricas “leyes del mercado”.

Por otro lado, hay una visión reciente de corte transhumano, porfiada en instaurar un eslabón intermedio en nuestras comunicaciones. Primero empezó siendo el dinero como un interface virtual,   haciéndonos creer que gracias a este nos estaban enlazando mejor, que nos estaban obligando a estar Interconectados a través de ese interface dialógica, de unificación humana. Después nos han creado toda esta cultura digital de internet y de celulares (la infomanía, según la define Byung Chul Han ), en virtud de desmejorar nuestro propio y natural medio de comunicación sensorial, telepático, afectivo, lingüístico y de conexión interhumana, pero que en verda busca consolidar un proceso de autoexplotación complaciente.

Nos han anestesiados con sectarismos ideológicos, segmentaciones de toda índole que pretenden tenernos enemistados, tanto por choque de ideología religiosas como de ideologías políticas o económicas que nos mantienen en discordia continua. Pareciera que la humanidad no fuera capaz de entenderse más allá de esos transitorios sistemas de creencias o recetarios mentales. Al respecto anoto una disminución controlada de los ritos o fiestas populares masivas, de carácter carnavalesco, que han sido sustituidas por los evento precalentados, mayormente deportivos y virtuales, donde se asina estúpidamente a miles de seres en los grandes estadios a perseguir vulgarmente “el llamado de la tribu”.

Y como último, creo que el más importante y perverso de los mecanismos de sometimiento ingenieril, tenemos aquel que consiste en que nos han convencido de que fuimos desterrados del paraíso y de que estamos bajo una condena, es decir, excomulgados porque ese paraíso, la Tierra, que es casi un jardín divino, resulta que nos está quedando chico. Estamos sometidos a un encarcelamiento dimensional, nos confunden con ese exorcismo, con ese especie de mea culpa ecoambientalista, cuando somos una especie de hibridacion integrista, de diversos genomas, pero que sin embargo no sabe cómo obrar con su propia alma, multifacética, multidimensional, hiper-compleja, por ende nos han limitado, nos han castrado y reducido casi conformando un Frankenstein, un hombre sin atributos a medio camino entre Robert Musil y el mediocre denunciado por José Ingenieros. Eso el mainstreaming nos lo inculca, nos lo enfatiza y lo prioriza a través de todos los medios posibles, denigrando cualquier otra forma de expansión, amplificación o desarrollo síquico y astral de nuestra consciencia.

Todos nuestros líderes globales, todos nuestros presidentes de los estados nacionales, todos nuestros banqueros, las élites corporativas, financieras, militares, technócratas y la cybercracia, están dominadas y son medios útiles para los poderes exopolíticos quienes, desde la sombra, son los titiriteros que diagraman realmente el destino de nuestra humanidad. Esa nunca va a ser una información confesa. Nuestra civilización, nuestro modelo social, tiene que ir desentrañando ese misterio. Tenemos que aplicarle una hermenéutica más profunda para lograr entender la cartografía de nuestra cárcel. Por ejemplo, pasó algo durante el Medioevo, la transición del imperio romano hacia el renacimiento, que logró escindir un modelo de pensamiento mágico y suplantarlo por un modelo de pensamiento racional, ambos fueron confrontados, y en dicho choque llamado dialéctico, la lógica formal desgastó al pensamiento mágico, sin establecer los puentes necesarios. En esos despojos, borrones intencionados, evoluciones y cambios de paradigmas, siempre se advierte alguna mano peluda sacando su provecho en beneficio de los amos globales. De ese tipo de experiencia se desprenden infinidad de aspectos que explican porque hoy es más fácil moldear al sujeto y reprogramarle la conciencia social. Lo hizo el poder desde la revolución agraria, luego durante el monoteísmo persa, el egipcio, luego el judaico, después Grecia,  Roma y así consecutivamente hasta que cumplen su función final de aplicarnos update y reseteos esporádicos a nuestros pasos. Los amos celestiales, a través de los sujetos operadores (las élites terrícolas) elaboran e imponen la normatividad para seguir avanzando hacia sus planes secretos. Y nosotros, comportándonos como ratas de laboratorios, seguimos omnubilados tras la zanahoria.

Todas estas delimitaciones, parcelamientos, fragmentaciones, castraciones, todas estas omisiones, alteran nuestro Anandamaya Kocha, o sea, nuestro cuerpo de dicha según se refiere en los Upanishas, -ese que está en un cuerpo astral- y que ha sido lastimado o relegado a la santidad de unos pocos porque se dirime en registros muy sutiles que no logra auscultar el vulgo. Por ende, vivimos en una trampa perpetua, en una angustia social cotidiana e insolvente, porque los amos globales se alimentan del pesar, se alimentan de nuestro miedo, de nuestro dolor, de nuestra angustia. Y lo sabemos y no lo queremos aceptar porque nos han reducido al goce efímero e intrascendente de un mito reciente y macabro, tal vez el ultimo mito de la modernidad: el sueño americano. El éxtasis y la plenitud nos la convidan a cuotas de miserias, negociándola a cambio de insípidos placeres de rango mundano. Como especies de pequeños paréntesis de goce, observamos como nuestra condición divina ha sido la más castrada de todas, es decir, nos han maniatado hacia lo disfuncional, hacia lo primario: el mercado le ganó a la poesía, la prosa le ganó a lo celestial. Por eso en mi libro Instinto de Barricada concluyo que la Revolución necesaria e impostergable, la que exige el porvenir, es la del espíritu, aquella que promueva un salto cuántico de consciencia holística que reunifique varias tradiciones fracturadas. Sólo así,  podremos crearle contrapeso al peor peligro que corre la especie humana, el transhumanismo, hacia el que nos enrumban como el próximo salto en el barranco.

Y ahora te toca a ti sacar tus propias conclusiones, porque ten en cuenta una estadística elemental: apenas una cuarta parte de todos estos argumentos que te he puesto sobre la mesa, provocaron que miles de personas superiores, inteligentes y especiales fueran sacrificadas, asesinadas, mutiladas, encerradas en hospitales psiquiátrico, quemados en la hoguera, u otros fueron estigmatizados o desterrados de la vida común y social, marginados o sentenciados al destierro por desenmascarar estas operaciones secretas del poder. Entonces debemos reconocer que nuestro hartazgo produce también un aprendizaje social de cómo comportarse frente a la verdad y de cómo aprender a movernos y a sobrevivir a través de la mentira. Eso también es una de nuestras grandes calamidades universales, otra programación de la que somos víctimas y cómplices. Somos una especie que se desenvuelve armoniosamente dentro de la mentira, fenómeno que va desde algo tan sublime como construir metáforas comunicativas en el lenguaje hablado y escrito,  hasta llegar a algo tan pedestre y básico como engañar al prójimo para usufructuarlo y sacarle algún beneficio de valor esclavizante.

Conclusión, debemos regresar a los arcanos mayores, reconciliarnos con los árboles, la tierra y con las otras especies, así como tener prudencia con la nanotecnología, la ciencia de datos, la inteligencia artificial y los algoritmos que ya controlan nuestras vidas. En otro sentido, ser desconfiados y críticos como ciudadanía con las agendas de las instituciones multinacionales que en mucho recuerdan al estado-centrismo, pero en una mayor escala, y que juegan a parecer garantes de nuestra alegría y prosperidad,  pero que fueron creadas para controlarnos y esquilmarnos. Y concluyo con un Koan de mi propia cosecha : la piedra fue lanzada al estanque, pero nadie recuerda ya cómo suena.

CDMX. Col. Del Valle.  12 de Abril 2024.

LA POESÍA ES UN ALARIDO CONTRA LA NOCHE

Entrevista a Ernesto Fundora Hernández.    www.efundora.com

       Por: Lourdes de Armas.

1.- Recientemente ha salido a la luz por la editorial DECO Mc Pherson S.A tu libro de poesía “La acrobacia del salmón” ¿Por qué este título? La editorial en su presentación refirió: “El poemario ejerce una influencia identificatoria sobre el lector en un mundo de resonancias, ecos y correspondencias, lo intiman a extraer connotaciones por disímiles vías: la del asombro y la reflexión; la súplica y la sonrisa; la cofluencia y también la diferencia. Coincido contigo en que todos sentimos la urgencia de “la quinta pata de la suerte”. ¿Puedes abordar un poco más al respecto?

Ha iniciado usted con una ráfaga trepidante al estilo de las metralletas antiaéreas, lo que me produce a la vez cierto aturdimiento y éxtasis. A su curiosidad de qué significa el título La acrobacia del salmón, respondo sin lagrimar demasiado la queja e irradiando la bondad que requiere este mundo actual en el que nos arrojaron a vivir, padecer y comprender. Se trata pues, de un libro que lleva en la fusta la afilada idea de deponer las armas, de cambiar las viejas reglas del juego, de hacer evolucionar el trillado y conflictivo relato social del progreso hacia una propositividad dialógica, de dialécticas positivas y cooperadoras. Eso implica revisar los heroismos y el molde prometeico donde quedó aprisonado nuestro corazón.

Mi generación, los que empezamos a manifestarnos artísticamente a finales de los 80s, justo a la altura de la caída del Socialismo real, estuvo muy influenciada por el credo origenista de la poesía fundando la historia. Esa teosofía salvífica aún reverbera en nosotros, o sea todavía pensamos que la poesía junto a las matemáticas, esas dos cúspides de la abstracción, son las herramientas que nos pueden sacar del atolladero. Vemos en estas disciplinas una especie de Sistro, aquel instrumento que aperturaba portales hiperdimensionales en la cultura egipcia, una suerte de maraca o cítara que en la pictografia de los templos aparece siempre en las manos de Hathor, la deidad del firmamento, usado para comunicarse con los dioses y con las fuerzas nouménicas. Perdone si divago, pero son temas tremebundos  e importantes que el economicismo numerológico cada vez va eclipsando, pero que deben ser tratados con reverencia por una modernidad excedida en razones. Quiero decir con esto que, igual que pensamos que la poesía funda y reforma la historia, nos ha costado trabajo también detectar que La historia, esa que ha decir de Hegel es “el progreso de la idea de la libertad”, resulta víctima de un cúmulo de torpezas humanas y trashumanas que se repiten hasta la saciedad, porque a la historia le cuesta trabajo sacar la moraleja de sus propios tropiezos y para resarcir dicha ceguera, los convierte en patrones sociales y en costumbres arquetípicas. Con esta introducción ya usted puede sospechar la cartografía del vuelo que establece mi poemario. No hay salvación sin metafísica.

El hombre habita la tierra atorado entre dos fuerzas, entablando una esgrima entre el guión prefijado por los dioses – el destino condicionante – y lo aleatorio de su puesta en escena personal, es decir su experiencia irrepetible, su singular y libre albedrío. Vivir implica un reacomodo a perpetuidad que se teje entre dos aguas: obediencia vs rebeldía, o lo que es lo mismo, aceptar por un lado el llamado teleológico del programa humano y, por otro, provocar la azarosa eventualidad de reinventar nuestro designio. Al final, vivir consiste en aquilatar el factor del cambio entre lo que se propone la mente universal y lo que ansía o desea nuestra pequeña y particular mente egoica.

Atormenta saber que el hombre no rige su destino aunque le hace modificaciones parciales. Su voluntad, que puede ser también su terquedad, lo empuja hacia horizontes que amplifican su existencia, pero que no modifican la hipertelia marcada por la “causa de causas”, mapa sideral, guión prefijado, samsara, codificación matemática de nuestros pasos. Por eso celebro el heroísmo estoico del salmon como una epigenética que respeta y dinamiza los mandatos del ADN. A contracorriente el salmón obedece al destino pero emprende a su vez esta marcha que le impone y exige una épica singular, ese sannyas del desencanto que implica salirse de la inercia determinista sin abandonar la sagrada misión de perpetuar la vida a favor de su estirpe. Para el vigoroso pez, como metáfora humana, esto implica una argucia cargada tanto de luminosidad como de sorprendentes vicisitudes. La epopeya lo desborda y define.

Acometer tamaña herejía me ha cautivado desde niño.  Y para entender una epopeya que ronda lo delirante, me he inspirado en los próceres de nuestra independencia, aquellos gentiles que se dejaron capitanear por un poeta, el bíblico José Martí de los cubanos, un avatar que profesaba un sueño demasiado largo con respecto a lo que rinde una vida. Semejante inspiración nos contagia de trascendentalismo. Por tanto, hoy tenemos la obligación moral de practicar la “libertad bajo palabra”, mirar con fijeza “la aventura sigilosa” con que se nos apresta la verdad y entonar “el himno de la alegría” incluso allí donde se oxidan los candados, porque sabemos que dios, esa errabunda polisemia, nos ha reducido al perímetro laberíntico de una angustia antropológica. Pero para su suerte el poeta cuenta con la buenaventuranza de habitar un aleph domiciliado en las entrecalles de un cuerpo biológico efímero y de una consciencia que se presume infinitamente abarcadora. En esa paradoja, con ese barro, se labra el poema.

Y pretendiendo esa eternidad del día a día, surgen extravagancias como aquella llamada: “el hombre Nuevo”, un molde por el cual fuimos predicados, y por el que rendimos cuenta como generación de lo que hacemos y haremos. Dicho ser que en algo recuerda al ratón de la caminadora en el laboratorio, tiene inoculado el germen de lo tremendista porque fue concebido y entrenado para mejorar las reglas del cielo en la tierra, para reconstituir el descuartizamiento que se produjo con el destierro de Dios, la santificación del dinero, la parafernalia de los supermercados y el irresistible coqueteo con el algoritmo desalmado de las computadoras. Ese “hombre Nuevo” que como un algoritmo nos determina, logró sin proponérselo, constituir un ser con vocación de progreso, o sea alguien empecinado en mejorarlo todo, una suerte de producto superior a la catharsis guevariana, tan raro y fuera de molde que hasta desestimó a tiempo aquilatarse con la jitanjáfora marxista. Tal vez la embriaguez de su dulzor a favor de la justicia social le haga parecerse más a aquel rebelde que caminó sobre las aguas y que hizo prosopopeyas con el vino, buscando transustanciar lo sagrado en mundano, la eucaristia de lo áureo en virtudes terrenales.

Ese superhéroe llamado “hombre nuevo” tiene talante de salmón. Para lograr su eficiente ensoñación fue amamantado con pólvora o, en su defecto, con gasolina cuántica. No lo dudeis, su programa fue concebido para el futuro. Por tal razón somos una generación desfasada con la instrumentalidad pragmática neoliberal del presente, sin embargo estamos capacitados para sobreponernos a la defraudación que produjeron las izquierdas miserables y depredadoras. Por suerte contamos con las herramientas indispensables para reforestar el mundo. Nos fue dado en vena ese privilegio; por transfusión a chorro inocularon en nuestra conciencia el credo del progreso y la fe en lo imposible, porque como alertaba Lezama: “nada es tan peligrosamente fácil como renunciar”. Al “hombre nuevo” ni le estorba ni le aburre la dificultad. Amortiguando el golpe, encontró la correcta excitación en el Buda; le ha dedicado años a entender su fascinación por allanar el vacío, otra hipérbole insaciable. Imagínense la luminancia arrebatadora que proyectaba aquel alma ejerciendo la mendicidad, cuando por derecho de clase, podía desbordarse en concupiscencias. Pocos calculan las montañas que lograron estremecer ese tipo de seres, porque hay un heroismo sinigual que se emprende solo cuando a un hombre la poesía le lastra en los genes, colgada como un rosario en la musculatura del espíritu o cuando a contrapelo del sentido común, presume la paz interior como el único asidero en medio de la precipitación por el abismo. Buda, Cristo y Martí son referencias sacrificiales al estilo del salmón. No esperen menos de un poeta que la ósmosis con lo total, que el retorno a la unidad acompasado con el fluído obediente de Lao Tse y la apostasía contra esa gravedad de las aguas que no supieron irrigar los cultivos.

La acrobacia del salmón resulta de una arquetípica conducta idealista, de una moraleja vivificante. Los heroismos son inexplicables cuando se ejercen disctados por la estocástica del más allá. No esperes menos de un poeta que querer arreglar el mundo que se porfía en desaciertos. Habitamos la gloria de la hipérbole y ni siquiera reconocemos en ella una elección propia. Alguien con mano santa o con impecable tremendismo, como diría Lichi Diego, “le puso una vacuna antirrábica a una hormiga”. Por ende, la suerte del “hombre nuevo” está echada, la cosecha es irreversible, no hay vuelta atrás porque la rimbombancia viene atada al mantra carbonífero que destila la tierra en su obsecado afán  por hacer germinar la vida. Aquí o allá, en la tierra o en Saturno, en la Via Láctea o en la esdrújula constelación de Andrómeda, lanzaremos la semilla, invocaremos la vida, enseñaremos el arte de los abrazos, la doctrina del “puente que no se le ve”. Es decir, danzaremos como ese heroico salmón que enfrenta la corriente buscando las aguas mansas del origen donde se insemina y se garantiza el futuro. Bajo ningún concepto  quedaremos varados entre esas dos calamidades pendencieras que aturden la verguenza modernista: el capitalismo neoliberal y el socialismo seudomarxista.

Nadie sabe a ciencia cierta si nos empuja un élan vitalista o si nos acarrea la encrucijada de un destino mayor. El hombre tiene por regla que salir a caminar aunque presienta la ferocidad de los barrancos. El poeta cumple con  optimismo la misión celestial de propagar su canto y trascender todos los impedimentos. Ninguna dictadura puede contra el imaginario galopante de una metáfora. La misma libertad que encuentra el místico en la delicadeza del silencio, la conquista el poeta en su retozo incandescente con las palabras. Hay orgías de la existencia que nadie puede controlar, ni siquiera el mismísimo dios cuando se pone extravagante una galaxia de sombrero.

El poeta hace madriguera en la infinitud sinestésica ha sabiendas de que la inmortalidad de un hombre acontece en el extraño esplendor de un rapto, en el itinerario de alguna paradoja – Martí cayendo entre dos rios, sembrándose para siempre a favor de Cuba y de la justicia universal. Entre las epifanías de un poeta está la de renacer póstumo a través de la cantata como una síntesis audaz del heliotrópismo. En la búsqueda de tal excelencia reside una altanería cósmica, tambien la grandilocuencia del manicomio, porque el poeta como su hemano el marinero, se aferra en la tormenta al mástil mayor aceptando la virilidad del hundimiento. Ese heroismo distingue al poeta del parlanchín, lo protege del priapismo infértil con que muchos bravucones abonan el bullicio insaciable de la historia. Verdad que no hay muerte más altisonante que la del monje discreto. En su humildad está cifrada la convicción peregrina del alma errante. Lo que para un hombre común puede ser desventura para el poeta resulta ditirambo, elogio emancipado. El poeta siente una severa vergüenza ante el letargo humano, por eso no huye del sinsentido, por eso pone el pecho a las balas y repara, una y otra vez, las piezas del rompecabezas. No hay que aclarar que hablo de la alta poesía, no de las plañideras. Ante el reto de las puertas, el poeta no se mide tanto por la anchura del umbral como por la altura del dintel.

  • ¿Puedes hablarnos brevemente sobre tus obras publicadas y de los premios obtenidos?

Me preocupa versar y revisar todas las formas humanas en que enmascaramos el progreso. Por ende me interesan las genealogías, más la tradición órfica en la literatura que el academicismo, la indagación profunda, los caminos esotéricos, herméticos, la excitación filosófica que promueve zurcar lo desconocido intentando estrechar la relación entre el hombre con sus dioses, juguetear con la creación como un acto derivativo de lo divino y lo sagrado. Me interesa ahondar en el poder sanador de las palabras. Me ilusiona relinkear lo humano con lo eterno, simpatizo con esa filosofía Lezamiana. Ya lo demás, lo restante, el mundanal, eso otro que significa hacer gloria de este oficio de escritor, ese afán desmedido por protagonizar, profesionalizarse, de estar en las vidrieras mediáticas como un fenómeno de circo, no es verdaderamente mi ilusión con el arte de las metáforas. He aprendido a rezar en soledad los mantras que restituyen, a balbucir mis zozobras y a surcir mis heridas en la intimidad de un hogar. He sido curado con la sonrisa de mi hija Avril que apenas cumplió 3 años. Eso me da una felicidad incomparable con respecto a todas las demás cosas y manifestaciones del vedettismo.

Yo he tenido carreritas fugaces bajo la incidencia de los reflectores cinematográficos y reconozco lo mucho que esa parafernalia extravía al individuo. Hoy prefiero el sosiego de la reflexión, o su inquietante desasosiego ante el desacierto de no hallar las respuestas. Voy marcando otros pasos en la literatura, tal vez menos espectaculares, y no quiero contaminarlos con los perfiles vanidosos del egocentrismo. Al final, un hombre no se ilumina con la luz que salpican los faroles. Se requiere de otra forma del entusiasmo y de una épica subatómica para alcanzar la fotosíntesis de la luz. Se exige de un mayor respeto hacia el “avaro silencio”, bucear con rigor, sin miedos, desafiando “la masiva noche de la que advirtió Mallarmé. Hay que aprender a caminar ligeramente por la vida sin que te arañen los quejidos superfluos de la moda fenoménica. Soy de la idea de que toda medalla implica un peso extrafalario para un corazón sensible.

  • ¿Cómo ha sido tu experiencia con esta editorial DECO Mc Pherson S.A? ¿Qué opinas de este proyecto?

Mira, yo publiqué este libro gracias a la generosa invitación de mi amiga y mentora, la neuróloga y poeta Thais Lima Calderín, quien a su vez comparte responsabilidad en Deco Mc Pherson con su madre, la editora y poeta Odalys Calderín; juntas llevan esa aventura prometeica de prolongarle la vida a los libros. La edición ha salido bonita, con esa portada de José Luis Fariñas que me hace sentir como un personaje del Bosco o de Leonardo, y encima con una elogiosa nota de contracubierta de Juana García Abás, una marciana a la que tanto debo intelectualmente. Por tanto, estoy muy complacido de la hechura del libro, de la pasión con que la editorial lo promueve, de cómo se ocupan de que esa otra selva de posibles extravios que se llama Amazon no se lo devore a uno, ni lo confunda con las bacterias invisibles. Es decir, que estoy muy agradecido y contento con la experiencia. El público va respondiendo positivamente, qué más puedo pedir.

  1. Además de escritor, te desempeñas como Director de cine y autor de guiones cinematográficos, ¿cómo asumes cada uno de estos géneros: ¿uno se nutre del otro? Háblanos brevemente sobre tu experiencia en el mundo de los audiovisuales.

Son dos platos gourmet servidos en la misma mesa del gandío. Son digestiones complementarias como diría el hereje de Trocadero. Ambos mundos se basan en la creación de imágenes, uno desde la cinemática y el otro labrando en la alquimia sonora y alfabética. Pero ambos son trampolines poéticos desde donde salta el duende de la locura luminosa. El cine, si acaso, es más tribal y orgiástico, la literatura en cambio, se produce en solitario. El cine se hace gritando, la literatura balbuciente. El cine requiere tecnologías y aparatosidad, la literatura apenas requiere de la lengua sibilina que lacera, que perdona, que increpa, pronostica, describe, regodea y reeinventa el mundo por medio de una síntesis donde todavía, al día de hoy, el pensamiento alcanza su mayor esplendor 

  • ¿Cuáles son tus escritores  fundamentales, los que en tu opinión han marcado tu obra?

Transmuto en verso y me inspiro al centro de un revolcadero. Todo lo que he leído se alborota y relampaguea en un gran desorden. Reconozco varios tipos de herencias intelectuales, las heterodoxas, las devotas, las equidistantes. Muchos y disímiles poetas moldearon mi sensibilidad y mi gusto por la versificación libre, sin que necesariamente se advierta alguna semejanza entre sus poéticas y mi forma mandálica de escribir. Primero, por supuesto, agradezco a los clásicos con que comparto una lengua: Cervantes, Martí, Lorca, Lezama, Borges, Vallejo, Nicanor, Roque, Paz y Loynaz. Y en otras músicas idiomáticas, agradezco a Shakespeare, Novalis, Goethe, Emerson, Whitman, Pessoa, Pavese, Gibrán, Mallarmé, Rumi, Basho, Wilde, Evtuchenko. Ya más reciente están los que me contagiaron con un sonido, porque no es lo mismo el poeta que conmueve con la letra impresa que el juglar que con su música y oralidad nos contagia en la sobremesa. Hablo de mis contemporáneos e interlocutores, Lichi Diego, Rafael Alcides, Jorge Boccanera, Raul Ortega, Ramón Fernández Larrea, Alberto Rodríguez Tosca, Frank Abel Dopico, Elena Tamargo, Angel Escobar, Osvaldo Navarro, Froilán Escobar y Juana García Abás. Tal vez soy la voz dormida al final de un coro, el niño pícaro que le pisa el calcañar a la mejor soprano.

  • ¿Qué es para ti la poesía?

En verdad soy irresponsable porque ejerzo la pasión poética sin tener mucha claridad de sus sobresaltos. La pena no es lo mio, afortunadamente. Incluso nunca he logrado poder definir la poesía porque dicho empeño implica una malicia conjetural, sucede parecido a cuando intentas atrapar el agua o pretendes moldear el firme paso del aire. Cuando me veo obligado a precisar, digo que la poesía es un alarido contra la noche de los tiempos, el púlpito de lo inefable, un rapto o reminiscencia, el arrebato en su tesitura mayor, brecha cuántica por donde el dios perplejo nos susurra los secretos de su creación. Con la poesía, el susto de vivir se pervierte, se transforma en canto levítico contra la desesperación. La poesía es la murmullosa evidencia del rastro sagrado que pulsiona a la especie. Es dictado, revelación, fogonazo, balbucir el numen, indiscreción de la desdicha, gradilocuencia de la emoción; trance al linde de lo absoluto, orgía perpetua, el alma eyaculando; por fin, el hombre asistido, resonando, emancipado. Justo el odio que profesa el poder contra la poesía se debe a que el poeta es de entre todos los mortales, el único aventurero que no define su libertad en los límites del lenguaje, porque el poeta habita y se regodea en la infinitude, no acepta rejas.

  • ¿Qué te da miedo?  ¿Qué es lo que más te enfurece? ¿A tu juicio cual es la palabra más peligrosa? ¿Cuál la más esperanzadora? ¿Qué opinas de la palabra feminismo?

Todas esas preguntas ameritan un mayor espacio. Son temas importantes que prefiero no maltratarlos con mi exabrupto: el miedo, la furia, el religamiento sagrado de la palabra, la esperanza como tabla  de salvación, el odio como la pronunciación peligrosa, y al final, las batallas de género tan resucitadas y puestas de moda por las oligarquias financieras del globalismo. He escrito un reciente libro de ensayo que se titula INSTINTO DE BARRICADA que explica la finalidad sin fin de las revoluciones sociopolíticas, un libro que sirve como manual exopolítico para un sujeto post revolucionario frente al Nuevo Orden Mundial. Te propongo abrir un segundo capítulo en una próxima entrevista y que nos metamos a fondo en esas arenas movedizas de la razón ilustrada o de esa lógica formal “redentora” que nos ha enseñado y adiestrado en destruir para construir, algo tan macabro, tan patriarcal y machista. Sigo creyendo que la salvación del mundo está cifrada en la mujer, en la recuperación de la sensibilidad y paradigmática del matriarcado misénico, en el retorno a ese paraiso donde la hembra era el eje y centro de las certidumbres, del orden y de la alegría tangible. No he visto sobre esta tierra ningún otro ser ni algún otro atributo que supere en belleza y magia a la diosa hembra. Soy devoto y vasallo de su feminidad, un mamífero postrado de rodillas ante su estatuaria dimensión paridora, por tanto seré un enemigo acérrimo de todo aquel que pretenda masculinizarla.

  • A modo de despedida: qué nos aconsejarías en estos momentos difíciles que estamos viviendo a causa de la pandemia Covid 19: ¿un libro, un audiovisual?

Creo que algo de esto lo he expresado de una manera oblicua en el libro que nos ocupa hoy, La acrobacia del salmón. A través de esos poemas hago un reclamo de update social, una plegaria a favor de un ansiolítico civilizatorio. Este poemario aspira y plantea un borrón y cuenta nueva, un desechar los lastres, taras y miedos secularizados por la memoria, el historicismo y el sentimiento trágico de la vida. Esta acrobacia sugiere además que podemos vivir planteándonos metas pero aprendiendo a fluir a merced de la deriva cósmica, navegando sin soltar el remo, siempre dispuestos a redimir nuestra consciencia de todo lo que nos oprime, llámese el poder, la historia, los tabúes o los límites que impusieron nuestros ingenieros biológicos y nuestros arquitectos sociales. En ese salto vertiginoso, en esa acrobacia epigenética a contracorriente típica del salmón, se metaforiza una parábola humana a favor de la excelencia y de nuestro papel en la historia. Allí, sutilmente manifiesta y a la vez en acción vertiginosa, reside la verdadera redención del ser, la develación de un gran secreto acerca de cómo soltar las amarras, una maniobra libertaria de impecable tesón donde nos religamos con un proyecto galáctico mayor, advertencia que apenas recientemente se nos va insinuando gracias a la indiscreción de la tecnósfera. Muy pronto accederemos a una reclasificación de nuestros dioses y a la recuperación de nuestro menoscabado carácter divino.

Que seamos una especie desdichada lo demuestran disímiles y tortuosos desaciertos, incluso el gravamen que destila nuestra ansiedad poética, versificar la nada, urdir con suave rumor la ansiada dicha. La humanidad actual tiene el imperativo moral de ser feliz, de virvir en estado de gracia y comunión, por lo menos de practicar la filosofía del amor antes de que una azarosa piedra cósmica saque de rumbo a este planeta o lo convierta en el “polvo enamorado” que entonces será abrazado por alguna estrella de luz más promisoria. La humanidad ya está apta para desovillarse y superar la lástima patológica que siente por si misma. El humano no es un animal feroz, sino en todo caso, una bacteria de la ternura.

    Ciudad de México. Verano 2021. https://www.amazon.com/acrobacia-del-salm%C3%B3n-Spanish/dp/B084QL2ZTB

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Ernesto Fundora: “Patria es lo que uno vio primero, el primer olor a mundo”

Talentoso, honesto, profundo y viajero de la imagen, que empezó su periplo en la humilde ciudad habanera de Alamar, el cineasta, poeta y escritor Ernesto Fundora es el invitado de esta semana a Dile que pienso en Ella, donde comparte con los lectores sus puntos de vista desde la entera libertad que le asiste al humano cuando puede vivir en democracia.

¿Cuál fue el detonante que te impulsó a marcharte de Cuba?

El hambre y la represión. El período especial fue desgarrador y puso en evidencia el fracaso administrativo de una dictadura. Llegué a comer gatopaloma silvestrecocodriloaura tiñosa. Pero el hambre no fue mi único detonante, también me empujaron la necesidad de autorrealización profesional y humana.

Quería tener mejores oportunidades económicas, crecer como cineasta y escritor. Yo era muy joven y sentía que las paredes y los techos se achicaban, que había un tope. Por otra la parte, soñaba con mejores condiciones de vida: casa propia, automóvil, buen salario, vacaciones, poder viajar, comprarme la ropa de mi gusto, conocer el mundo.

Quería vivir por experiencia propia la crueldad del capitalismo neoliberal. Ya no le creía ni una palabra a Fidel Castro. Sus discursos reiterativos me tenían loco. Yo estaba tan flaco que llegué a sentir vergüenza frente al espejo y escribí un verso que decía: “me estoy dejando crecer los huecos de la cara, para que mis hijos no tengan que dormir a la intemperie.” Pero ya todo eso para mí quedó en la caja fuerte del pasado, y por honor, no suelo hacer leña del árbol caído. Agradezco a todos mis verdugos. A fin de cuentas, no huimos de un sitio, escapamos de todas partes.

¿Qué esperabas encontrar del otro lado?

Una sociedad mejor organizada, con una repartición más equitativa de la riqueza y de las oportunidades a favor del desarrollo individual y colectivo. Una humanidad espiritualmente evolucionada, dado el hecho de que yo suponía, ingenuamente, que la sociedad capitalista tenía garantizada las necesidades fundamentales de la ciudadanía: vivienda, agua, electricidad, transporte, alimentación, salud pública, educación, diversión, libertades políticas, existenciales y económicas, etc.

Emigrar fue una permuta de problemas, gané en algunas cosas , perdí en otras. Hoy puedo imaginar un mundo que sintetice lo mejor de ambos. Ya no practico ni devociones ni asepsias por los modelos sociales. Soy por dentro el mundo que me gustaría tener. Para evitarme desaires, percibo la realidad 360 grados.

¿Qué encontraste?

Un naipe de dos caras. Por un lado, el as de la vidriera exquisita, excesivamente cargada de representaciones del progreso y del bienestar que, cuando escarbas a fondo, son meros señuelos de otra forma del desastre. Hay que trabajar como un esclavo a tiempo completo para conseguir el idilio que te venden los medios y la publicidad.

La ansiedad por tenerlo todo resulta imparable. Así confrontas la otra cara del naipe, el envés, una escenografía del infierno pero con abundante comida y objetos finamente diseñados para encantar. Nada te colma porque todo se vuelve desechable antes de saborearlo. La obtención de bienes presume una prosperidad falsa en medio de una calamidad espiritual.

El aliciente te lo produce el tener a tu disposición un mayor número de puertas que puedes atravesar para alcanzar parte del destino soñado. Te subes al tiovivo del mercado y cuesta trabajo bajarse. Hasta que un día llega alguien como salido de la nada o de una película de Charlot, te regala un beso, y sientes que toda la lotería del mundo estaba en esa boca.

¿Qué has aprendido durante el proceso?

Que hay fuego en todas partes y nadie tiene el don de poder apagarlos. Que todo lo que he vivido mereció la pena, y a medir por el aprendizaje, volvería a repetirlo si fuera necesario. El proyecto humano tiene más de fracaso e incineración que de victoria regenerativa.

El hombre es el lobo del hombre, mientras el Estado es la hiena del lobo, y los bancos, el cáncer del mundo que exterminará al hombre, al lobo, al Estado y a las hienas. La salvación es un proceso individual que depende del grado de consciencia y de iluminación que cada quien pueda alcanzar.

La vida es un periplo heroico contra la monstruosidad del caos, donde tenemos algunas noches de fiesta que nos permiten olvidar la pesadilla diaria. La felicidad es una invención del espíritu a contrapelo de los barrancos que nos carcomen. La humanidad, si acaso, se salva en el amor, el trabajo, el conocimiento, la poesía y la calidad de la hoguera que sea capaz de construir con su tribu.

Ninguna dicha personal es redituable si no se comparte en colectivo. El bien común es la gran utopía salvífica del mundo. De Dios no debemos esperar tanto, está demasiado compungido con la perplejidad que le produce su propia obra.

¿Qué es para ti la Libertad?

Haber podido ayudar a mi familia a brincar el muro que le pusieron al mar. Ver sonreír a mi hija, indiferente a las tantas catástrofes. Sobrevivir a toda certeza, a toda ideología, a todo apego. Cosechar un orgasmo, que resulta una alocada empresa emprendida a favor de lo efímero entre dos almas que se diluyen, que se olvidan de ellos mismos, que no temen si van o si regresan.

Disfrutar la luz del sol cuando me acaricia o cuando salpica cachonda las copas de los árboles. Escuchar música, perderme en el laberinto de un poema, inventar o descubrir una imagen, pellizcarle a la vida un pedazo de ternura. Haber conquistado un universo interior a imagen y semejanza de ese infinito universo que insinúan las estrellas.

¿Las experiencias vividas han cambiado en ti el concepto Patria? ¿Piensas a menudo en Ella?

Patria es lo que uno vio primero, el primer olor a mundo, el pecho de mi madre. Patria es el teatro de mi primer beso, donde se inició esta película que me ha tocado actuar y dirigir, la única fiesta donde no se aburre mi fascinación.

Todos los días del mundo pienso en Cuba, la respiro, la disfruto, le hago el amor, me trepo a sus palmeras, camino con guapería por las calles de mi Habana junto a mis amigos, la ausculto en el cuero de un tambor y en la vagina sagrada de una guitarra. Nadie puede arrebatarle a un hombre la tierra de sus primeros pasos. De algún modo, todos somos una isla. Yo estoy feliz de ser el náufrago que se aferra a Cuba como quien se abraza a un relámpago buscando electrizarse, anhelando la consagración de un fundamento, tal vez, sanar todos mis abismos.

https://www.martinoticias.com/a/ernesto-fundora-patria-es-lo-que-uno-vio-primero-el-primer-olor-a-mundo-/261836.html

Ernesto Fundora: Un escritor que no se siente escritor

Posted abril 30, 2020 by Gabriela Guerra Rey under Verso y Prosa

Ernesto, un escritor que no se siente escritor, pero que reivindica su misión en la pluma. Ha desafiado el mundo de las pantallas y ha tenido éxito. Sin embargo, apremiado por imperiosas y oscuras fuerzas se sienta a escribir y sale poesía. No se siente poeta, porque no viene de una familia de poetas, tal vez, aunque su abuelo saludaba a los árboles con el sombrero y decía hablar con ellos.

Conocí a Ernesto antes de conocerlo, porque voces me susurraban su nombre… Parecía alguien que por alguna razón mística iba apareciendo, como un fantasma… Una tarde de 2019, una amiga me invitó a ver el documental que recién estrenaba. Al final de la proyección le conté que yo era hija de Félix Guerra, uno de los testimoniantes en Lezama Lima, soltar la lengua, exquisita producción sobre la vida, obra y relaciones de quien es uno de los más olvidados o desconocidos grandes poetas de nuestro tiempo. La vida me acercó a la figura de Lezama desde muy pequeña, cuando mi padre comenzó a escribir Para leer debajo de un Sicomoro. Lezama fue una especie de tutor intelectual de una generación de cubanos que no era la de Ernesto. Él se acercó a ellos para retratar en tiempo presente al narrador, al erudito obeso, al poeta olvidado, al viajero inmóvil, para romper el mito de lo que no existe.

Entonces Ernesto me regaló Amago, su primer libro de poesía. Y aunque él afirma carecer de la actitud apocalíptica y depresiva del poeta, una figura muy recurrida en la Isla, que ha acompañado al poeta como un karma, sus poemas engendran un desasosiego tremendo. Su poesía fue una daga afilada que me penetraba las carnes al tiempo que el ojo recorría el verso, y me hacía pensar: “caray, qué pomposidad, qué elocuencia tan bien sintaxiada, qué desbordado oficio de no sobrar nada en lo que se quiere decir, y en lo que se quiere que se lea.

Cuando nos sentamos a hacer esta entrevista, perpetuamos un diálogo. Por eso en algunos momentos parecerá que hablamos, porque hablamos.

¿Vamos al pasado?

Vengo de un seno familiar de grandes conversadores, eso es lo que más me define. Hay una tesitura de elocuencia en mi familia, no siendo una familia letrada.

Lo primero que escribo es poesía. Muy joven: doce o trece años. En Cuba la poesía es fundamental. La música y la poesía son las expresiones más elevadas siempre. Canalizo muchas cosas en la literatura, porque ya me había afectado profundamente el mundo de la lógica y la ciencia —Ernesto es ingeniero—. Esto me ha ayudado para entender la matemática, la codificación lógica que hay detrás de las cosas. Eso siempre me ha acompañado en la literatura. Pero cada vez que me acercaba a un taller o grupo literario, tenía una perspectiva que no encajaba con el canon. Y ahí empezó mi primera conciencia de no profesionalizarme nunca como escritor.

¿Cuál es el canon? ¿Cómo ves a un escritor que no eres tú?

Agónicos, había que participar de una gran agonística, ser depresivo, víctima de múltiples atropellos, desde los cotidianos. En el terreno de las experiencias amorosas, por ejemplo, había que tener desamores, desencuentros, experiencias fatídicas para que entonces surgieran los grandes poemas. No es que yo no las tuviera, yo las tenía y las traducía y las canalizaba también en el verso. Pero era consciente de que la literatura no podía reducirse a eso, no podía quedarse en el terreno del sentimiento. El sentimiento era un catalizador, un agitador de una ebullición más profunda, donde surgiera un magma más poderoso de saber. Siempre he entendido como las primeras grandes funciones del arte la comunicación y la generación de conocimientos. No hay arte sin hermenéutica. El arte codifica e implica un ejercicio casi extenuante del espectador para descifrar sus códigos.

¿Cine y Literatura?

Hay vasos comunicantes y puentes que no se ven, pero para mí el mundo de la literatura es todavía más sagrado, y por ser prehistórico lo privilegio más. Yo siento un trance emocional, intelectual, febril, celular cuando escribo que no siento cuando hago cine. Cuando hago cine hay un predominio de la razón con una gran cuota de emoción, pero definitivamente la literatura involucra todas las especias y las reconsidera de una manera más armónica.

Cuando desde tu subjetividad recombinas una palabra con otras y estructuras una idea expansiva de ella, deja de ser una prisión la palabra, se vuelve etérea y se eleva. Aparecen los significantes.

Cada vez que he sentido que estoy en un lugar común, tomo conciencia y partido y digo: aquí estoy en el cliché y aquí poseso. Cuando estoy poseso brotan las cosas inusitadas, la epifanía. Tengo plena conciencia de cuándo estoy escribiendo con la cabeza, cuándo con el alma y cuándo me están dictando.

Aprendí con T. S. Eliot esta forma de privilegiar la inspiración, la emanación y después organizar, porque también la emoción es entrópica, caótica.

El cine tiene, a diferencia de la literatura, esta cuestión tribal: hay que hacerlo en grupo. La literatura es en solitario, es la intimidad, el sosiego, el monólogo interior, el silencio. Porque a veces abriendo espacio a ese vacío, silencio, es que llegan las ideas. Nunca pude escribir en un estado de conmoción profunda, que toque fondo. Yo tengo que esperar a rebotar, a que eso sedimente. Entonces hay, ahí, una etapa en que ni ha desaparecido la emoción ni está en su momento más furibundo… Sale la idea.

El cine es impactar, demostrar, espectacularidad, seducción, hechizar, entrampar, meterte en mi válvula, en mi burbuja imaginaria. Hay una parte de sometimiento, el cine es un diálogo de poder. La literatura es más un medio, no un fin; no domino nada, solo tengo la capacidad de dominar una herramienta, el lenguaje, y desde la razón, tratar de darle una complexión, desde o fuera del canon, que llegue de una forma más emocional, intelectual, partícipe de ambas razones. Porque la emoción también es una razón, es una codificación hormonal, una respuesta hormonal.

¿Qué hubiera escrito, Ernesto, si se hubiera quedado en Cuba? ¿Hubiera seguido los senderos de tu libro de cuentos El perpetuo envés?

No sé. Me cuesta trabajo el hubiera. Yo sabía que me tenía que escapar de las fauces de ese monstruo. Porque hasta en su afecto, hasta en su ternura, había monstruosidad y yo lo percibía desde joven. Escribí El perpetuo envés porque tenía que inventarme una puerta de emergencia, una salida, un asidero. Tenía que escapar, tenía que inventar una extraterritorialidad en el espíritu. Cuba no es un país en el que tú puedes echar a caminar y pasar una frontera. Hay un muro que es el mar. Y así empieza el libro: “Quién encerró con puertas la mar” (Libro de Job). Ese era mi primer desafío, estaba loco por irme de Cuba y no lo conseguía. Fue mi forma de viajar.

En “Epímone del viajero ilegal” ya parece que fuiste ese viajero, ya eras un viajero inmóvil, hay un sentimiento de exilio anticipado. 

Porque yo estaba obsesionado con eso. Y la epímone responde a la figura reiterativa, que se repite como un círculo vicioso. Esa, creo, es una de las grandes maldiciones karmáticas de Cuba, el siempre lo mismo.

No recuerdo un escritor cubano que con esa edad escribiera con tal intensidad. El escritor debe tener un imaginario para saber vivir en el mundo de la fabulación, que no es sencillo y que no suele alcanzarse tan pronto.

Fíjate algunas cosas que fui señalando mientras te leía: desesperación, catarsis, poesía, historia, fracaso versus fe, el mar otra vez frontera y cárcel. Dices: “habremos huido ya por fin del hombre y por eso son los monos quienes nos saludan en el zoológico”… Me recordó a aquel verso de Miguel Hernández: “el hombre acecha al hombre”, tan grande y terrible.

Los escritores lo que te dejan son esas frases, versos, ese pequeño párrafo, esas oraciones sintéticas, aforismos. “He recorrido todos los caminos del hombre y todos conducen a la muerte”; cuando lees esa frase de Victor Hugo, empiezas a entender por qué el hombre está atrapado en el tánato, por qué el hombre es un ser trágico, por qué tiene que inventar el gobierno provisional de la alegría, como decía Ramón Fernández Larrea.

Amago es un libro intestinal, que busca la belleza en la forma de decir, un libro agónico, sufrido…

En Amago hay más madurez. Escrito entre los dieciocho y los treinta y tres años. Implica la experiencia exiliar y mirar un problema desde lejos. La demasiada cercanía de las cosas altera los contornos. Esa es la condición exiliar, la contemplación extracorpórea de la que hablan los místicos. Salirte del yo. Tener una misión más coral.

Este texto que le dedicas a tu hermano, “Sobrevolando el sitio que el nacimiento te asigna”, me parece desgarrador.

¡Este tema de la nostalgia! Siempre estamos ahí como una especie de ave ponzoñosa, como zopilotes, o como roedores, viendo a ver qué encontramos. Cuando ya no queda nada, cuando hay deshechos, cuando hay carroña, de la carroña hay que sacar, hay que revolcar la vísceras y sacar lo mejor. Alimentarte incluso de eso. Sobrevolando el sitio que el nacimiento te asigna. Y es un proceso en el que estoy siempre. Yo todos los días pienso en Cuba, todos los días. Y varias veces. No es algo periférico. Como todos los días también pienso en México ya. Es una condición inevitable.

Estoy parado sobre mi pasado. Mi presente también está condicionado por mi pasado, a veces es una ruptura con mi pasado, a veces es una omisión, a veces es una superación o trascendencia de mi pasado, pero ahí está como referente. No puedes escapar de lo que fuiste.

¿Qué pasa entre Amago y La acrobacia del salmón?

En Amago todavía hay un poco más la necesidad del tamiz del sentimiento. Y de que la emoción resuelva cosas. Hay más erizamiento, más estímulo conmovedor. En La acrobacia del salmón hay sosiego, reposo; una mirada desde los años que empieza a pesar.

El salmón es un animal que se debate entre un destino, una meta sagrada, cifrada en sus genes: regresar por el mar, por el mismo afluente, hasta su origen, donde nació, y allí depositar su progenie… Misión que no puede anular. Pero hay múltiples formas de acometer esta travesía. Se puede ser un salmón que perece al inicio de la travesía en la boca de un oso, o un salmón que heroicamente llega a su destino y acomete la misión de una especie. Ahí estamos hablando de los grandes ideales y de las grandes obras de los humanos. Tenemos una misión, cada uno de nosotros. Tenemos una misión coral, y una misión terrícola, e intergaláctica, y tenemos una misión cosmogónica, y una cuántica. Probablemente seamos los fotones de un universo cuántico más complejo.

¿De qué misión se siente responsable Ernesto Fundora?

Ejercer la condición humana de forma digna, honorable. Lo más cercano posible al paradigma de excelencia, justicia, de generar bienaventuranza, y de promover a través del desarrollo de un oficio, de una profesión y de un conocimiento el contagiar a los demás con una información, trasmitir un mensaje, darle continuidad a una sabiduría que va desarrollándose de generación en generación y de milenio en milenio. No es que uno deba tener la gran misión, porque uno no es un avatar como Buda, como Jesús. Pero desde tu particular existencia y en las inmediaciones de tu radiación, tratar de comunicar los mensajes que le han permitido a esta humanidad su sobrevivencia, su alegría, su perdurabilidad, su sustentabilidad.

—Ernesto lee—

Dejad que los ríos sean ríos

Que la barca gire a la deriva

Y que el salmón encuentre,

En su acrobacia de impecable tesón,

La boca afectuosa de algún oso.

(La acrobacia del salmón, 2019)

Hay un destino trágico al final. La meta es el olvido, la meta es la muerte también. Pero busco lo honorable… Hay formas y formas de morir.

¿Te preocupa la posteridad?

Claro, esa es la matriz de todo idealismo. Es la lucha, la batalla denodada en la conquista de un destino. La posteridad es un destino, una utopía.

Somos para los otros. Todos estamos en un ciclo concomitante. Y todos estamos integrados en una misión común. Me interesa que algo de lo que hice pueda dejar una huella para futuras generaciones o para el hombre del mañana. Si un individuo se salva con un verso mío, ya creo que estoy complacido, que aporté algo, que soy ese salmón que se sacrifica en ser fuente de alimentación de un oso.

Por Gabriela Guerra Rey

http://lamascarada.com.mx/2020/04/30/ernesto-fundora/

3 Preguntas con: Ernesto Fundora

Por 

mayo 6, 2024

 

Desde Hypermedia Live, el escritor y periodista Jorge de Armas conduce la serie ‘3 preguntas con’.

En esta ocasión ha invitado al cineasta Ernesto Fundora.

Ernesto Fundora (La Habana, Cuba, 1967) es director, guionista, realizador de video clips y escritor. Su obra cuenta con cortometrajes, documentales y más de 90 videos musicales.

Ha recibido numerosos premios y una nominación al Grammy Latino por “La negra tiene tumbao”, de Celia Cruz.

Como escritor ha publicado los libros de cuentos ‘El perpetuo envés’ y ‘Animal de barranco’. Su poemario ‘Amago’ fue premiado y publicado por el Instituto Leonés de Cultura en España.

Vive exiliado en México.

https://hypermediamagazine.com/video/3-preguntas-con/ernesto-fundora-cineasta-entrevista/