
Ponencia de Ernesto Fundora Hdez.
VII Cumbre Mundial de Telenovelas.
Bogotá, noviembre 18 de 2009.
Hotel Dann Carlton.
Por Ernesto Fundora Hdez.
¿Podrá la telenovela mexicana salvarse después de haber descuartizado a su protagonista y personaje mayor: el público? Me hago la pregunta con mucha desazón.
La dinámica actual de este género ha llevado a productores, escritores y directores a depender de la opinión del público para la escrituración y desarrollo de las tramas. Es el rating el que define si alguien muere subrepticiamente producto de un accidente injustificado o si un mayordomo termina de amante de la protagonista. Quiere decir que el público es quien tiene hoy la primera y última palabra, llevando la historia por los vericuetos de sus simpatías, gustos y consideraciones; una suerte de falacia democrática de estética difusa donde lo funcional como paradigma del consumo se jacta de prestigiar una visión industrial y amateur de las disciplinas dramáticas y de las turbulencias reinantes en la estructura del Ethos creador. ¿Habrase visto algo más aberrante y vanguardista a la vez? No dudo que estemos ante una experiencia profética de lo que será en un futuro mediato la televisión interactiva: el público como coautor de la obra. Allí, como en un puzzle o rompecabezas, cada espectador armará la historia de su conveniencia. Pero mientras nos llega y se instaura este modelo mediático de televisión computarizada, hemos de pagar un precio y ya lo estamos pagando con la desensibilización y el adormilamiento del espectador mayoritario.
La telenovela mexicana ha construido una estética de la desgracia. Y es ahí donde llegan a un acuerdo los líderes corporativos mediáticos y un público que aplica para encarnar uno de los sujetos latinoamericanos más anestesiados y condenados de la historia. La ideología dominante, tras la cual se ampara este genocidio cultural, tiene dos grandes propósitos con este género: mercadear pautas publicitarias y entretener al espectador. Del primero, apenas amerita hablar, pues ya sabemos que la televisión se ha convertido en la vidriera de los supermercados, los bancos y las tiendas departamentales y que basa su producción en los valores de costo, beneficios y retorno de inversión. Como una fábrica, mide su optimización en la medida en que genera mayor plusvalía a través de la venta de los tiempos publicitarios. Ya lo había advertido el filósofo Theodor Adorno cuando aclaró que “la industria artística es aquella que le lima al arte las salientes filosas para convertirlo en un mero objeto del consumo” (1). Al segundo propósito de las telenovelas, todavía es posible aplicarle alguna reflexión. Hablemos entonces del entretenimiento.
Entretener es una palabra que ya trae ambigüedad en sus significados. Una acepción, la más feliz, es aquella que la relaciona con divertir, recrear, amenizar, relajar u ocupar el tiempo destinado al ocio. Dentro de este paquete aplican por igual el vínculo que establece un individuo con una mascota, la lectura de un buen libro, hacer una sesión de yoga o hipnotizarse frente a algún capítulo de la telenovela Betty la fea. Curiosa polisemia la del término entretener.
Si la organización científica del trabajo y el activismo social hubieran logrado reducir la jornada laboral a 4 horas, la palabra entretener habría adquirido otro significado. Pero el hiperconsumismo y la hiperproducción le han comprimido el tiempo del ocio al sujeto social, quien divide su jornada vital entre 8 y 10 horas dedicadas al trabajo y entre 4 y 2 dedicadas al ocio, una desproporción que puede haber incubado muchos malestares y deformaciones sicológicas y fisiológicas de la vida actual.
Varios filósofos, desde Séneca, Nietzsche, Adorno, Russel, Marx, Jonson, Lafargue y Cioran, han disertado sobre el valor del ocio y el daño irreversible que a la humanidad procura el exceso en la jornada laboral. Durante esta ponencia citaré algunos momentos iluminadores de estas grandes mentes porque soy del criterio de que existe una estrecha relación, aún no revelada, entre la adicción televisiva a los dramas bajos, la conducta workaholic y el mal uso del tiempo libre.
Bertrand Russel, en su brillante e irónico ensayo Elogio de la holgazanería, dejó en claro que “el individuo, en nuestra sociedad, trabaja por un beneficio, pero el propósito social de su trabajo radica en el consumo de lo que produce. Este divorcio entre los propósitos sociales y los individuales alrededor de la producción hace que nos resulte tan difícil pensar con claridad en que la obtención de beneficios y no de ganancias, es el incentivo del desarrollo de la industria. Una consecuencia de ello es que casi no concedemos importancia al goce y a la felicidad sencilla; no juzgamos la producción por el placer que le da al consumidor… Los placeres urbanos han llevado a la mayoría de la población a la pasividad: ver películas, partidos de fútbol, escuchar la radio, y así sucesivamente. Esto ocurre porque sus energías activas se agotan casi por completo en el trabajo. Si tuvieran más tiempo libre volverían a divertirse con juegos en los que habrían de tomar parte activa” (2). Esta forma de beneficio a la que se refiere Russel, coincide con la primera acepción de Entretener: alegrar, divertir, recrear, amenizar, ocupar el tiempo del ocio.
Pero existe otra acepción de entretener que, curiosamente, encaja a la perfección con los propósitos en el consumo de telenovelas y otros espacios televisivos: embelesar, enredar, hamacar, hacer perder el tiempo. Este segundo cuerpo de significados coincide con lo que Piotr Ouspensky en su libro Psicología de la posible evolución del hombre define como “el hombre en estado de conciencia de sueño relativo o conciencia dormida”. Dice Ouspensky: “Todos los absurdos y todas las contradicciones de los hombres y de la vida humana en general se explican si comprendemos que los hombres viven en el sueño, obran en el sueño y no saben que duermen” (3).
Muchas enseñanzas antiguas, incluidas las del cristianismo, han reparado en esta idea del hombre aletargado, zombi o dormido que debe despertar. Curiosamente en los evangelios se trata este problema, pero al decir de Ouspensky, no se ofrece ningún camino para solucionarlo. Y cito: “Es sólo a partir del momento en que el hombre se da cuenta de que está dormido cuando se puede decir de él que está camino del despertar. Jamás podrá despertarse sin antes haberse dado cuenta de que está dormido. Despertar exige un acto de voluntad” (4).
Quizás sea la voluntad, esa segunda inteligencia, el órgano más anestesiado por la telenovela en los espectadores. Este género, que apunta a convertirse en un subgénero o degenere, priva a la teleaudiencia de su capacidad reflexiva. Muchos teóricos ya han advertido acerca de la televisión como un instrumento de control de masas. Dentro de este medio ubicaría a la telenovela como una pieza clave en la ingeniería social creada por los poderes fácticos, sistemas y oligarquías dominantes para bombardear distractores inútiles por medio de los cuales comienza la cadena del control, el conductismo, la manipulación y el sometimiento de las masas. Con la telenovela se consolida un sujeto expectante acrítico y pasivo, impotente e incapaz de cambiar las coordenadas de cualquier destino, ya sea individual, social o nacional. Los poderes mediáticos integrados por mafias solapadas tras el Estado, las oligarquías corporativas, banqueras y eclesiásticas, desprecian cada vez más el poder pedagógico de los medios de difusión y procuran evitar cualquier “educación sentimental” en el auditorio. Y cito un estudio de las autoras colombianas Betty Martínez, María Cristina Asqueta y Clareña Muñoz: “Los relatos de las telenovelas reproducen las estructuras de poder vigente, legitiman el abuso social, justifican la exclusión de las clases, géneros, de raza, etnias, validan la pobreza para unos y la riquezas para otros. Desvían la atención de los problemas reales y crean sofismas para la interpretación de ellos” (5).
Aristóteles tenía razón cuando sentenciaba que “el hombre no necesita críticas sino modelos a seguir”. Hoy más que nunca asistimos en México y gran parte de Latinoamérica a la ausencia mediática de verdaderos líderes de opinión, gurúes espirituales o personalidades del saber científico. En su defecto, se satura la pantalla con géneros cargados de referentes y personalidades pueriles. Pareciera que se busca rebajar el estándar cultural del espectador al eslabón más primario y básico de existencia. Las telenovelas, específicamente, nunca aportan a la teleaudiencia paradigmas o modelos de conductas elevados o iluminadores. Siempre redundan en clichés de personajes miserables, envilecidos, víctimas y victimarios, frágiles y desgraciados, nunca sujetos a un posible desarrollo de conciencia. La recurrencia de las tramas predecibles establece un acuerdo o negociación entre el emisor y el receptor; un vínculo que, aparentemente cómplice, se excede en el abuso sugestor, alienante y en persuadirlo enmascaradamente. ¿Adónde quieren llevarnos? Es obvio y predecible: a la obediencia, al miedo y al consumo.
Una manifestación de la corrupción de los medios y de su complicidad con las políticas regentes, ya sean las del mercado, las ideologías o los gobiernos, es su poca preocupación manifiesta por la prosperidad espiritual y la educación de la teleaudiencia. Con cinismo las televisoras responsabilizan al Estado por la ineficiencia educativa, pero apenas contribuyen con dicha misión social. Han despojado al medio de su condición de fuente de conocimiento o fomentadora de los patrones de civilidad y moral de la sociedad. Tenemos en las manos una herramienta definitoria para desarrollar una cultura de las emociones y sin embargo hemos creado una sensiblería, una estética de la desgracia, un lloriqueo maniqueísta y profundamente idiotizante donde el público se ve a diario expuesto al aprendizaje o al entrenamiento de las mezquindades y bajas pasiones. Un público que cae y muerde el anzuelo de perseguir el suspenso de la trama – una intriga colgada en el aire a la espera de ser descifrada en el próximo capítulo- que apenas consigue mutar en detective de exterioridades.
Entretener y educar no están reñidos, pero para lograr este matrimonio se requiere de un esfuerzo por parte de los creadores y de una anuencia entre los ejecutivos televisivos y las políticas públicas. Nos corresponde a nosotros, los creativos y espectadores, forzar el curso de las cosas y no dejarnos maniatar con remuneraciones que compran nuestra simplicidad. Es hora de que quienes concebimos las ideas seamos más responsables y abandonemos la postura mercenaria ante el hecho comunicacional. Hay muchos niveles de funcionalidad en la obra mediática, aunque poco a poco le hayan deslindado de su carácter artístico. A la industria del entretenimiento y la persuasión mercantil le quedan herencias de los grandes géneros artísticos: la tragedia, la comedia, el drama, la pieza, el teatro, el melodrama, el vodevil, la ópera, la literatura, todos géneros dramáticos que operan a partir de un redescubrimiento profundo de las emociones y los conflictos humanos.
Más que ningún otro género, la telenovela, que es hija de la televisión pública y que ha sobrevivido al cable y a los avatares evolutivos de la TV Hight Definition, tiene el privilegio de una inmediatez comunicativa con las clases bajas que, por ende, sería de una mayor incidencia y utilidad en su aportación educativa. De un sujeto bombardeado diariamente por mezquindades, vicios, inmoralidades, deformaciones del carácter, impudicias, violencia tamizada y conflictos prefabricados como recetas de cocina; de un sujeto ansioso y expuesto a los hechizos de la mercadotecnia más feroz (las estadísticas indican que un individuo promedio está expuesto diariamente a más de 2000 mensajes publicitarios ), de un sujeto así no se puede esperar una ciudadanía elevada capaz de responder y dar solución a los problemas que ya ni el gobierno ni los partidos pueden resolver. Le corresponde a la sociedad civil, a ese tejido amorfo, impreciso y desinstitucionalizado, confrontar la construcción del destino de nuestras vidas. Si Latinoamérica, y específicamente México, tiene una baja civilidad, una masa adormilada y distraída, maniatada y ciega de tantas lágrimas, nunca podrá confrontar la complejidad de los problemas que se están suscitando en el mundo contemporáneo.
Al menos, hasta donde conozco, no existe en México ni en Latinoamérica un sistema de monitoreo y orientación sociológico que indique los niveles de incidencia de los patrones morales de las telenovelas. No sabemos con basamento científico hasta dónde los medios – y específicamente este género- potencian, persuaden o compulsan la disfuncionalidad social. Lo que a todas luces es evidente es el hecho de que las telenovelas son tribunas de exhibición de argumentos degenerativos, corruptos y de una violencia contenida, que luego las estadísticas reflejan en un crecimiento de similares deformaciones. No será difícil intentar armar el algoritmo cuando sabemos que “un cambio de valores lleva a la modificación de jerarquías personales de valores y logra persuadir hacia formas de conducta deseadas” (6).
Las estadísticas están probando el aumento de los índices delictivos, la corrupción, la violencia doméstica, la disfuncionalidad de la familia y del hogar en la sociedad mexicana. Allí radica el caldo de cultivo para la proliferación de los modelos de barbarie que a diario propone la telenovela. Una voluntad caótica rige y define a todos los personajes, enmarcados en su gran mayoría dentro de sucesos y situaciones dramáticas basadas en el culto al poder, la traición, la estafa, el engaño, la arrogancia, la vejación, el celo, la avaricia, el odio, la desesperación, el no apego a la ley, la devoción por la opulencia y el estatus social y, en el mejor de los casos, a una relación amorosa entendida como obsesión, posesión, control, dependencia, neurosis y demás desgracias. Pareciera que se cae el rating cuando un personaje sumido en un conflicto de índoles pasionales decide encararlo con racionalidad, civismo, elocuencia u otra conducta plausible.
Las investigaciones de la Teoría de la Comunicación acerca de la influencia de la violencia explícita en los medios sobre las masas, han dejado en claro las variantes asociadoras: teoría de la catarsis, teoría de los efectos del estímulo o los indicios agresivos, teoría del aprendizaje por observación, teoría del refuerzo y la teoría del cultivo. Todas ellas, a fin de cuentas, ejercen un énfasis negativo, excepto la de catarsis, que tiene el poder sublimador y liberador de los impulsos hostiles. Aun ésta, la catarsis purificadora, ya fue derogada desde la antigua Grecia cuando Sócrates junto a Eurípides, enfrentaron a la tragedia clásica patentizada por Sófocles y Esquilo, anteponiéndole la opción higienizante de la euforia y el júbilo por medio del drama y de la comedia, géneros en los que tenían mayor esperanza. Dichas teorías acerca de la violencia en los medios se pueden aplicar a cualquier forma de incidencia de los impulsos bajos en el espectador y aplicables a la telenovela con relación a la herencia incitadora que siembra en el público receptor. Porque como bien describen Defleur y Rokeach en su tesis básica sobre el tema, “el mundo simbólico de los medios, y en particular la televisión, modela y mantiene, es decir, cultiva, las concepciones de los públicos sobre el mundo real, en otras palabras modela sus construcciones sobre la realidad” (7).
Los teóricos de la estética han reclamado para la obra de arte- y en ella se deben incluir los dramas menores- un cuerpo de funciones imprescindibles que no deben demeritarse sino acrecentarse en cualquier proceso creativo. Sin embargo, resulta perverso que la telenovela sólo considere su función entretenedora de expandir lo lúdico primario y el placer básico, mientras menosprecia los valores de las funciones cognoscitivas, heurísticas en el desarrollo de la imaginación, sociológica en su reflexión sobre la vida en colectividad y lo enrevesado de la psiquis humana; axiológica, compulsiva y problematizadora en el apertrechamiento de una valoración crítica desde lo mejor de nuestras zonas sensibles e intelectuales.
No estoy en contra de aquellos géneros basados en lo sentimental, sino inconforme con la deformación de las emociones donde el sujeto pierde la oportunidad de entender la complejidad del mundo de las pasiones, aquéllas a las que el padre de la filosofía racionalista Rene Descartes dedicara en pleno siglo XVII un Manual hermenéutico y clasificatorio. Mirar hacia atrás no siempre implica retroceso. En otra época autores tan prolíferos y vanguardistas como Shakespeare abordaron estos mismos asuntos sin denigrarlos ni desatender la simpatía comercial del público que asistía al teatro isabelino. Recuperemos ese referente, sus diseños de personajes con una insondable complejidad sicológica; reparemos en el enrevesado mundo interior de los trazos humanos o pensemos en la gracia y en el hechizo que provocan aún sus anécdotas y tramas de estructuras difíciles, sazonados con un nivel y riqueza poética de lenguaje insuperables, así como en el efecto comunicativo que lograba en los oídos del público pobre por medio de monólogos, diálogos o soliloquios de alto calibre intelectual. Porque, como nos advirtiera Octavio Paz, en poesía no hay pueblos ni clases subdesarrolladas, y todos participamos de esa sensibilidad común para decodificar una metáfora ya que todos somos coproductores diarios del lenguaje. Por lógica debiéramos considerar que nuestros espectadores actuales están aun más preparados que los concurrentes al teatro isabelino de Shakespeare y, sin embargo, son subestimados, subvalorados y considerados como un público incapaz para entender dramas complejos.
Quizás la telenovela tenga uno de los referentes inspiradores más trascendentes en la novela realista francesa de siglo XIX, cuyo hallazgo esencial consiste en defender la estética del realismo sin caer en la copia burda, en el reflejo de espejo, ni siquiera en la mimesis o imitación de la realidad. Según Umberto Eco, en la novela realista francesa se entendía la mimesis no como una vulgar imitación de los hechos acaecidos, sino como capacidad productiva de darle nueva vida a los hechos. Ahí están las novelas de Balzac, Stendhal, Hugo y Zola, vivos ejemplos de cómo se debe diseñar un personaje típico que englobe y resuma el significado de una época y los rasgos que definen su situación histórica; un caso de personaje universal que parte de un sujeto concreto con referente particular en la vida francesa.
Es muy cómoda la opción de exaltar el estereotipo y de rendir culto al patrón regular y fijo. A alguien se le ocurrió decretar la muerte de la originalidad en el postmodernismo y le hemos hecho demasiado caso, cuando sabemos que siempre habrá contenidos nuevos y tramas sorprendentes. La telenovela está condenada a morir, ahora más que nunca que las teleseries están ganando el concurso de lo mejor del cine, del teatro, del espectáculo musical, de la sociología, aunado a la agilidad y expresividad formal de la televisión reoxigenada por los nuevos soportes de postproducción y los formatos de grabación Hight Definition y de las subyugantes plataformas digitales en Internet con Netflix y Amazon a la cabeza. Todo ello ha permitido reformular el arte dramático y proyectar un género de relevancia cultural, incluso ya se habla de nuevos subgéneros y estéticas: teleserie negra, drama psicológico, comedia macabra de costumbres, dramedy como restauración del sitcoms, neorrealismo sucio, la épica ficcionada, el suspenso anticlimático, etc. Y para dar crédito de lo que digo, ahí están las estadísticas de alto ratings de series como Los Tudors, Roma, Lost, 24, Mad men, Los sopranos, The office, Weeds, Entourage, The wire, Carnival, True blood, Californication, The big bang Theory, Capadocia, Mad man, etc. (9)
Siendo hijas de la telenovela, todas las series se han aprovechado del declive de los modelos dramáticos de la televisión abierta y han expandido el rango del target al que envían su producto y mensajes. Las teleseries, estratégicamente, abarcan e incluyen con una tolerancia pasmosa, casi desfachatada, a todo el espectro social: desde la clase obrera productiva, el desempleado, la ama de casa, el joven rebelde, los NINI, la élite universitaria, el solemne académico, hasta las tribus urbanas marginales, con apelaciones y uso de conceptos multiculturales, globales y eclécticos que, lejos de parcelar el mercado, lo unifican, engloban y diversifican.
La telenovela, en cambio, hace todo lo contrario y no mueve un dedo para ganar nuevas teleaudiencias. Así justifica su inmovilidad bajo el pretexto de que su target mayoritario son las amas de casa, adultos contemporáneos y viejos de la tercera edad; un público que según el mundo de hoy es improductivo e inútil, subvencionado por el Estado, con apenas fuerza vital para gastar en el supermercado su estipendio mensual. Pero por favor, no subvaloremos a este público pues estamos hablando de las madres de familia, de los abuelos, de aquellos que llevan el peso de la educación doméstica de nuestros hijos y nietos, de un sector poblacional a quien hemos condenado al ostracismo, la claustrofobia, la inseguridad y la paranoia. No pactemos con la idea de que ese público significa un desecho social, porque es todavía una fuente vigorosa en el plano moral y tienen la responsabilidad de trasmitir los valores éticos y las buenas costumbres a las nuevas generaciones. No acentuemos su carácter de obsoletés, ni los veamos con los ojos malvados de quien mira los trastos inservibles en el desván. Desde el punto de vista del mercado también son inversores en la dinámica del consumo, activos en las funciones domésticas y capacitados para ofrecer sabiduría y experiencias de vida. Ese valor lo tienen muy claro las culturas orientales, en donde un anciano es considerado como relicario y sacramento.
Los viejos han sido víctimas de una falacia: la doctrina del consumo norteamericano creado por Victor Lebon después de la Segunda Guerra Mundial. Dicho asesor económico del presidente Eisenhower elevó el consumo y la venta al rango de rito social y para diseminar esta nueva idea de una nación basada en el consumismo delirante, ideó un nuevo criterio en la producción: la obsolencia planificada (10), aquélla que se basa en que los objetos tienen una vida útil límite y son fabricados con la previsión de que envejezcan lo más rápido posible; así el consumidor debe reemplazarlos a corto plazo. Ese esquema aberrante de la economía norteamericana se ha hecho traslaticio al mundo entero y su peor consecuencia la vemos cuando el sujeto maduro o mayor de edad ya es considerado como un producto inservible que perdió su vigencia, disparate que ha revalorizado el mito de Peter Pan, propagando la impresión de que sólo los jóvenes son piezas provechosas y metáforas de productividad. De ahí los impedimentos de las generaciones maduras para encontrar empleos y la frustración y precariedad con que encaran la vejez.
Según Jean Baudrillard citado por Andrew Darley, “mientras que antaño se consideraba que la representación de los medios audiovisuales (incluidas las imágenes) se refería a una realidad objetiva, hoy, a medida que va creciendo su proliferación tecnológica, su reproductividad, su movilidad y sus ´capacidades realistas´, llegan a competir con la realidad misma, a confundirse con ella y finalmente a volatilizarla, sustituyéndola por un nuevo modo de experiencia que él denomina hiperrealidad, o ´lo más real que lo real´” (11). La telenovela, sin embargo, parece darle la espalda a esta nueva sensibilidad o forma de relacionarnos con el progreso. Sigue atrapada en una visión vernácula, costumbrista y estereotipada de realidad.
Hace un instante abordé el tema de las teleseries para introducir el argumento que se me antoja como uno de los causantes de la crisis del género de la telenovela: el llamado estereotipo. Umberto Eco fue el primero en patentizar que la telenovela estaba anclada sobre una mitopoyética nueva que repetía hasta el infinito un patrón o modo fijo, que a su vez emergía de un mito fundacional impreso en el inconsciente colectivo de la humanidad entera: el mito de la Cenicienta. Chica pobre sueña con la llegada del príncipe azul rico quien, gracias a las casualidades del destino o la diosa fortuna, le prueba el zapato por medio del cual es elegida y aceptada como princesa. Esta idea de Eco -bienvenido sea el pleonasmo- se hizo eco inmediatamente en los creadores de telenovelas, quienes abusaron hasta el delirio de la fórmula. La idea del semiólogo italiano se amparaba en que el público ideal consumidor de telenovelas comprendía a una población de adultos contemporáneos, amas de casa y personas de la tercera edad, a quienes los bruscos cambios tecnológicos, más la inseguridad de la hiperdinámica social y el acrecentamiento de los conflictos catastróficos, les provocaban un gran estupor. Este gueto de mercado signado por una pereza o saturación de inestabilidades, necesitaba aferrarse a lo ya establecido, a una tabla de salvación inmóvil y por ende, agradecía aprehensivamente el estereotipo de la repetición argumental en las telenovelas como un mecanismo psicológico sosegador.
Hasta ahí, la tesis es comprensible y plausible, pero lo que Eco nunca imaginó fue que éste sería el terreno fértil para que la gente se hastiara con la misma sopa a la que ni siquiera ya le ponen nuevos condimentos. Eco basaba su análisis en el credo de que la Revolución Industrial había implementado el tema de la duplicidad y la repetitividad serial del mismo objeto. Y estaba convencido de que ese público se asocia con “la reiteración de una única y constante verdad. Una masa alejada del significado que traslada la atención a la fascinación que provoca el espectáculo de superficie (paso de una sensibilidad escénica a otra extática)” (12).
Repetición, serialidad, redundancia y formalismo han sido revisados por muchos teóricos. Frederic Jameson, tratando de definir la postmodernidad (momento social de esplendor de la telenovela), aportó algunos vaticinios fundamentales de los rasgos que caracterizarían este periodo, de los cuales muchos aspectos sobreviven hasta hoy: “Ausencia de profundidad, uso del simulacro, cambio y debilitamiento de la historicidad con una nueva forma esquizofrénica de relacionarnos con la temporalidad que determina nuevos tipos de sintaxis, sintagmas y una clase nueva de elementalidad”. En fin, y a decir de Baudrillard, “un juego con las representaciones, un ´pastiche´ de placer por la superficie y la superficialidad” (13).
Pero nuestra relación con la telenovela tiene raíces históricas, antropológicas y culturales mucho más entrañable de lo que imaginamos. Uno de los grandes motivos del apego a esta desgracia o estética de la cotidianidad, se confabula con las razones teosóficas vinculadas con la ritualidad de los dogmas y los modelos fijos de la fe sedimentada en nuestros arquetipos nacionales. Catequizados a la fuerza, bajo amenaza de un castigo supremo a la desobediencia, y educados en la asimilación y comprensión de un dios que les vino desde afuera, el mexicano aprendió a rendirse ante un dios externo y católico que enfatizó esa separatidad que ya la teocracia prehispánica había hecho evidente marcando el don divino como condición exclusiva de los nobles. Nuestros pueblos tuvieron la encomienda de asimilar un segundo dios que suplantó la diversidad de sus panteones politeístas por un único referente sacro. Un dios absoluto que habitaba fuera de sí, en el cielo y no en la tierra, un dios áureo que con mucho trabajo y sacrificio lograba inocularse eventualmente en sus corazones. Ese principio de separatidad o alejamiento anuló en nuestros pueblos su entrañable capacidad divina, su redescubrimiento de la propia facultad y grandeza como individuos, y lo castró de aquello que llamaría Schopenhauer, la mejor manera de parecerse a Dios: ser autosuficiente.
Los pueblos latinoamericanos siempre hemos sido dependientes. Y lo vemos en la subordinación que reclamamos de figuras regentes y paternalistas como la Iglesia, Dios y el Estado, entidades protectoras vistas como un gran padre quien tiene que ocuparse de nuestros problemas y destinos. Entonces lo que hace la televisión, y especialmente la telenovela, es recrudecer ese malestar antropológico y psicológico. Ya el hombre viene marcado por una separatidad al nacer, un desprendimiento del útero materno que, al decir de Erich Fromm, es nuestra primera expulsión del Paraíso, nuestro destierro de las condiciones óptimas de vida y del amparo materno. Luego crecemos bajo un ambiente religioso donde los mitos del catolicismo de raíz judaica nos venden la idea de otra caída, otra expulsión, otra separación, Adán y Eva excomulgados del Jardín del Edén. Después ese sujeto individual, sociabilizado por la tradición, emprende una devastadora y furibunda lucha interior entre su ser dudoso y aquel dios externo que hay que inocular y conquistar y rendir pleitesías. Porque el hombre, para llegar a Dios, requiere de un tránsito, de una travesía tortuosa, una relación problémica, un recorrido conflictuado. Como la tiene también con el misterio, el conocimiento, las artes, la moral, la política, o con cualquier forma de la conciencia social (14).
Pero específicamente con Dios hay una relación marcada por la angustia en la búsqueda de lo divino, del llamado de la fe, de la revelación, el asedio; luego la del pecado, la culpa, la herejía, la abdicación, la deslealtad, o la renuncia que marca a nuestros pueblos con un sino derrotista, de genuflexión, un sino de arrodillamiento implosivo. Un católico diría, por el contrario, que justamente la telenovela contribuye a crear esa imagen vulgar de la religión católica y de su Dios. Por otra parte, sería interesante indagar también en la relación del género con las religiones politeístas, porque el paternalismo no viene solo del Dios único, ni del estado, sino también de los herejes de esas religiones de quienes la gente espera la solución mágico- religiosa de sus problemas. Estas religiones tienen hoy tanta o mayor influencia – mas allá de las estadísticas oficiales – que la católica.
De la mano de la espada y las enfermedades llegó la fe a nuestras tierras, identificando la pasión con el dolor. El ídolo a adorar –Jesús- era una figura trágica y fantasiosa, épica y mágica, incuestionable por demás, con una resurrección de clara evidencia melodramática que denotaba la no aceptación de la muerte como destino natural del hombre. Un Jesús moldeado por el Concilio de Nicea pactado entre Constantino y los líderes de la institución cristiana en el año 325 d.C. (y quizás también por la televisión, en general, y la telenovela, en particular) como una táctica de poder y hegemonía que despojó al Hijo de Dios de muchos rasgos de autenticidad revolucionaria y humana, creando una forzosa visión ecuménica en busca de consensuar un arquetipo modélico que homogenizara y diera cohesión a la dispersión del entonces Imperio romano. Además, la censura de los evangelios apócrifos de José, Tomás, Magdalena y Judas, derivó en una distorsión estratégica de la verdad original y, a posteriori, en la canonización a conveniencia de los evangelios de Mateo, Marcos, Juan y Lucas, todos abundantes en tramas inverosímiles y sucesos milagrosos pero aceptados a fuerza de una fe ciega, lo que llevó a Jorge Luis Borges a declarar que “la Biblia era la máxima invención de la literatura fantástica” (15).
Solamente un pueblo bien entrenado y hasta dopado con la transubstanciación, reconciliado con una gran metáfora de convertir la carne en pan y la sangre en vino, hipnotizado por lo milagroso, está capacitado para reemplazar el objeto de su adoración – la Virgen de la Guadalupe-, y transnominarla en el nuevo santo llamado Malverde: narcotraficante y bandolero de generoso corazón que hoy protagoniza el fetichismo religioso del mexicano pobre. Esa misma idolatría la pueden llegar a establecer con los villanos de las telenovelas. La transubstanciación de la virgen patrona en Narco Santificado connota una confusión moral de fondo, un malestar socio-histórico e identitario que se agudiza con el analfabetismo, la secularización de la vida ritualista apoyada por los emporios mediáticos y el cada vez mayor auge de la desesperación económica, apenas atenuado por la revancha de la economía informal y el mercado negro.
Primero adoraron a Quetzalcóatl, de quien se dice era rubio, luego abdicaron a favor de Jesús, otro “güero”; durante la conquista fueron convertidos y doblegados por un pelirrojo: Hernán Cortés. El sometimiento al tinte ario sedimentó con la expropiación territorial de México por los redneck de norte, un vecino que hasta el día de hoy humilla con simbólica beligerancia y virilidad tecnológica (Houston vs. Santa Ana), dilema conflictual entre lo mestizo y lo foráneo que también nos remite a la ocupación francesa liderada por otro güero, Maximiliano de Habsburgo, a quien por fin un indígena, Benito Juárez, le confisca la independencia. Todo apunta a que esta teleaudiencia zanjada por una relación histórica de amor – odio por los güeros, está acta para arrodillarse ante cualquier rubio de belleza solar y cuerpo helénico – románico. Un buen ejemplo lo tenemos en William Levi, un actor desigual pero bello y uno de los mejores pagados por la industria televisiva actual quien mantiene bajo el hechizo al mercado mexicano. Una tradición secularizada por la adoración de lo amarillo (el maíz) y lo resplandeciente( el sol), exige del brillo y de la lentejuela para su satisfacción interior. En el kitsch de los altares venía explícito lo que Umberto Eco, citando a Killy, define como el rasgo esencial del mal gusto en la cultura mediática de masas: “La prefabricación y redundancia en el efecto y el énfasis en el estímulo” (16).
Ahí están confabuladas las raíces de la seducción hacia cualquier calidad de anécdota o trama, sea creíble o no. Como un sedimento fértil la teomanía casi sicótica del mexicano garantiza el apego a los clichés dramáticos, a la reiteración y a la fe en los dogmas, la propensión por la serialidad de la oratoria y la plegaria sensiblera, así como la recurrencia y repetición de los contenidos salmodiados por más inverosímiles que estos sean. En el mundo norteamericano de origen sajón y protestante, en cambio, el feligrés recibió otro sedimento teológico y litúrgico, con una Biblia traducida a lenguas modernas y cierta relajación de los dogmas.(16A) Además, en la América hispánica somos herederos de las consabidas consecuencias de un adoctrinamiento a partir de la tradición agraria feudal española, donde el hombre depende de la bondad de la naturaleza, mientras que en la tradición norteamericana de raíz industrial, burguesa y británica, el sujeto enfriaba o recalentaba su veneración con el concurso y la eficiencia de las máquinas.
Vemos cómo la televisión y la telenovela, esos nuevos altares del mundo pobre mexicano, ahondan y desarrollan dramas, situaciones, anécdotas, puntos de giros y diseños de personajes tipos, desde la perspectiva del yo psicológico, del ego, de ese yo intrascendente, oscuro, el egocentro banal, ramplón, de mirada y perspectiva a ras de suelo que sólo le permite al sujeto contemplar el universo superficial y material que lo acosa, de percepciones inmediatas y vista corta. Todas esas construcciones lo que hacen es crear un modelo de individuo que apenas está pendiente de su esfera sicológica, de su mundo inmediato, su enano interior, el yo que se diluye y somete hipnótico al hechizo de las emociones promovidas por la pantalla y de los rasgos que presumen sus nuevos ídolos, aquéllos que le indican cómo tiene que comportarse, vivir y sufrir.
Nunca veremos a un personaje de una telenovela preocupado por generar, manifestar o entablar un antagonismo consigo mismo, ni por establecer un debate privado con las grandes preguntas como son la muerte, el origen de la vida, la existencia de Dios, el sentido profundo del amor, el por qué del tiempo, nuestra misión en la tierra, etc. Nunca veremos en una telenovela a un individuo que encauza ese gran sentido de la vida, al decir de Platón, que es la conquista del sí mismo, el autoconocimiento, la autoinvención de la que habla Hermann Hesse en Demián: “El huevo es el mundo. El que quiere nacer tiene que romper un mundo” (17). La idea de parir y redescubrir al dios que vive oculto en cada uno de nosotros queda postergada por la filiación melodramática.
Esa separatidad creada por la teocracia azteca, luego reforzada por el catolicismo hispánico y ontologizada hoy por la figura del Estado falsamente laico, coludido con el poder hegemónico que le otorga el clero y las oligarquías corporativas de derecha, siguen reforzando esa distancia entre el sujeto y Dios, esa fisura de conveniencia, con el fin de manipular cada vez más a un individuo súbdito e inoperante, un hombre que necesita siempre de otro, externo y superior, ya que no es capaz de descubrir dentro de sí mismo esa condición divina que lo potencia, aquello que le permitiría trascender a una esfera transicológica, transpersonalista, de mirada virtuosa y conducta iluminada para entender la existencia y la humanidad en un sentido individual y en un sentido genérico de concatenada universalidad.
Rompiendo los marcos antiguos y enclaustrados, la red de redes trae la aportación secreta de religarnos a todos mediáticamente y la virtud de borrar muchas fronteras ventajosas para unos pocos y de acercarnos a esa utopía política que es la equidad social. La televisión convencional, sin embargo, obedece a otra axiología dominante ya desfasada con esta concomitancia superior y multi simultánea de 24 horas que ofrece la Internet. La democratización de la televisión debe empezar por nosotros y no esperar por las iniciativas corporativas, ejecutivas ni tecnológicas. Nosotros somos los obreros de las palabras y las imágenes que allí se trasmiten. Nosotros estamos llamados a diseñar prototipos humanos superiores, verdaderos redentores de conciencia, que luego se conviertan en patrones y modelos de conducta a seguir por la teleaudiencia. Recordemos a José Martí, el gran humanista del siglo XIX latinoamericano, quien nos advirtió que “la educación comienza en la cuna y termina en la tumba… Edúquese lo superior del hombre para que pueda, con ojos de más luz, entrar en el consuelo, adelantar en el misterio, explorar en la excelsitud del oro espiritual” (18).
Si el individuo latinoamericano está viendo las 24 horas del día historias acerca de sujetos empobrecidos por la miseria del ego, cargados de ambiciones, esclavos de sus deseos, desbordados en apetencias y necesidades fetichistas, adorando seudosatisfactores tales como el automóvil, la mansión y la moda, nunca este sujeto social será catapultado a entender que existe la posibilidad de otro modelo de vida, de otro diseño que abandone ese estatus psicológico, individualista, de poder y egoísmo, para entender que está religado de mejor y más misteriosa manera a todas las cosas. Y en esa nueva postura reside la verdadera condición religiosa, no en el ejercicio de los ritos y convenciones de las instituciones de la fe. Esa nueva religiosidad debiera ser rescatada por los medios e infundirse en la teleaudiencia. El modelo de un hombre que por estar religado a todas las cosas del cosmos, de la sociedad, del mundo microfísico subatómico, del mundo físico mecánico de los sentidos y del macrocosmos, está concatenado como una pieza de un gran sistema que funciona interrelacionado a perpetuidad. Por esa razón es también el hombre poseedor de esa fuerza creadora que es a lo que le temen y lo que asusta a los sistemas dominantes. Porque ese saber, inevitablemente, convierte al sujeto en un hombre libre, en un revolucionario, un reformista que quiere cambiar el statu(s) quo, o en un monje que disfruta la pasividad, improductivo desde el punto de vista del mercado como entidad regente; un hombre más pendiente de la contemplación, del ocio y del conocimiento, que empieza a querer establecer una vida austera e higienizada donde el valor de las cosas es sinónimo del provecho espiritual o de beneficio psíquico, del crecimiento de su felicidad, y no en correspondencia de su poder adquisitivo o sentido de la ganancia.
Cuando hayamos esbozado en una telenovela esos prototipos humanos, estaremos fomentando una ciudadanía menos cargada de atavismos. Porque tanta brutalidad y dependencia del mundo material tiene al sujeto social fragmentado, dividido -la raíz de cualquier neurosis-, convirtiéndolo en un hombre segmentado, partido en pedazos, con un sueño en su corazón distante e irreconciliable con el sueño del cerebro y, ambos a la vez, divorciados de las metas y apetencias que le desencadenan la publicidad y la mercadotecnia. El hombre avasallado, esclavo y zombi no será nunca capaz de sincronizarse con las complejidades de la vida para la nueva era de acuario, este nuevo milenio regido por un paradigma sistémico y holístico que está demostrando la sincronicidad oculta y misteriosa que existe entre todas las cosas sensibles a nuestros sentidos o no. Entretener pero no timar debería ser la lógica de la nueva televisión mexicana. Le debemos un respeto al tiempo ocioso del espectador, ese resquicio a donde huye del desgaste que le provoca la jornada laboral y las tensiones sociales. Y cito a E.M. Cioran: “La percepción de la eternidad es lo que la actividad frenética y el carácter trepidante del trabajo ha destruido en nosotros” (19).
Basta de intoxicarle la mente a la teleaudiencia con contenidos vacuos. Basta de exhibir como en un circo de monstruosidades a los asesinos, los macabros, los oportunistas, los idiotas, los llorones, los extorsionistas, los nuevos ricos de fortunas mal habida; los traidores, los villanos deformes de una sociedad que apenas reconoce su fracaso moral pues no encuentra la sustancia ética ni siquiera en la ley, esa sustancia que en el pasado le proporcionó la Iglesia con la doctrina del castigo y de la excomunión. Basta de enfrentar a los habilidosos contra un ejército de ingenuos, arribistas, ambiciosos, codiciadores de la riqueza ajena, narcotraficantes, seres indolentes con la muerte, usureros del placer. Basta de promover la enajenación o el acto de la compra como una metáfora de libertad y de mandar al espectador a un callejón sin salida, reiterativo y analgésico. Basta de que sólo los bellos tengan oportunidades y de fabricarle alas al distrófico sueño americano. Basta de adorar y de identificarse con las figuras de los martirios seculares o recientes. Ayudemos a que la humanidad latinoamericana recobre la fe en el hombre. Encausemos el sacrificio humano en pos de conquistar los territorios del saber, de la armonía social y del bienestar equitativo en la colectividad. E.M. Cioran tenía razón cuando dijo: “Todos los fracasos históricos fueron seguidos de un auge del escepticismo. El esplendor intelectual del mundo antiguo se apagó con la penetración del cristianismo. Era inconcebible que mentalidades cultas se aficionaran a un ideal tan ingenuo” (20).
Se impone una nueva perspectiva de lo mediático y del género de la telenovela e incluso de la serialidad dramática actual, pero hay que romper con la mediocridad del barniz, de las tramas fáciles, de las subtramas predecibles y obvias, de los formalismos anquilosados y del kitshc en los peinados, las decoraciones, la luz, la puesta en escena, los diálogos. Hay que cambiar la lógica de los conflictos en blanco y negro que glorifican las malas experiencias de los protagonistas idílicos, de los oponentes aborrecibles. Decía Pascal que nuestros hábitos son nuestra segunda naturaleza, por tal motivo hemos de cuidar cuáles costumbres fomentamos. Tenemos el reto de cosechar una buena siembra o recogeremos frutos malogrados. La humanidad entera necesita menos dopamina y más serotonina, menos adrenalina y más endorfinas. No necesariamente la telenovela debe hacer llorar, de suerte también puede hacer reír. Y regreso a Beltrand Russel: “El buen carácter es, de todas las cualidades morales, la que más necesita el mundo. Y el buen carácter es la consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha” (21).
Muchas gracias
Ponencia de Ernesto Fundora Hdez.
VII Cumbre Mundial de Telenovelas.
Bogotá, noviembre 18 de 2009.
Hotel Dann Carlton.
FUENTES BIBLIOGRÁFICAS
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- Ídem. “Elogio de la holgazanería”. Beltrand Russell. Págs. 69-70. Tumbona Ediciones.
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- “Martí y el Orientalismo”. Gustavo Pita Céspedes. Centro de Estudios Martianos. Conferencia. La Habana , 2003.
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- Apocalípticos e integrados. Humberto Eco. Tusquets. “Estructura del mal gusto”. Pág. 84 y 86. México 1995.
16ª-“El protestantismo es un fenómeno religioso, y como manifestación de la vida espiritual, está marcado por las características de la realidad social en la que está insertado. El protestantismo parece las más de las veces otro instrumento del poder que favorece el mantenimiento del orden de cosas y el culto del gran líder. No hay dudas de que el protestantismo influyó en la formación del capitalismo americano, pero Max Weber exagera el papel de su influencia cuando lo presenta como un fenómeno determinante en la vida social americana, aunque su papel haya sido y siga siendo regente en la vida de América, lo es en el sentido de que encauza una tendencia más profunda que es en sí la determinante. La televisión, el cine y el protestantismo y otras tantas cosas más, dependen finalmente de esa tendencia social y son determinados por ella”. ( acotación de Gustavo Pita Céspedes)
- Demián. Hermann Hesse. Editorial Tomo. México 1998. Pág. 140.
- “Martí y el Orientalismo”. Gustavo Pita Céspedes. Centro de estudios martianos. Conferencia. La Habana, 2003.
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- Conversaciones. E. M.Cioran. Tusquets. Pág. 174. Barcelona 2005.
21- Seis ensayos en huelga. Colección Versus. “Elogio de la holgazanería”. Beltrand Russell. Pág. 74. Tumbona Ediciones. México 2008.